…El tono sonó una vez.

Dos.

A la tercera, alguien respondió.

—Emergencias, ¿cuál es su situación?

Mariana cerró los ojos apenas un segundo, como si al hacerlo pudiera ordenar el caos dentro de su cabeza. Pero no había orden posible. Solo una certeza.

—Necesito ayuda —dijo, y su voz salió firme, más de lo que se sentía—. Mi hija… mi hija acaba de regresar de la casa de su padre. Creo que ha sido… lastimada.

Hubo un silencio mínimo del otro lado, pero no fue duda. Fue atención.

—Señora, mantenga la calma. ¿Está su hija con usted en este momento?

—Sí.

—¿Está a salvo ahora mismo?

Mariana apretó más a Sofía contra su pecho.

—Sí. Está conmigo.

—Bien. Necesito su dirección.

Dio los datos sin equivocarse esta vez. Cada palabra era un ancla.

—Una unidad va en camino. No la deje sola. No la bañe ni cambie su ropa. ¿Hay algún adulto más en casa?

—No.

—Está haciendo lo correcto. Quédese en línea conmigo.

Mariana miró a Sofía. La niña seguía aferrada al conejo, pero ahora la observaba a ella, como buscando confirmación de que el mundo no se iba a romper del todo.

—Sofi —susurró—, van a venir personas para ayudarnos. ¿Sí?

—¿Me van a regañar? —preguntó la niña, con miedo genuino.

El corazón de Mariana se apretó.

—No, amor. Nadie te va a regañar. Tú hiciste lo correcto.

Sofía asintió lentamente.

Los minutos siguientes fueron largos. Eternos. Mariana no dejó de hablarle al operador, pero tampoco dejó de hablarle a su hija. Le contó cosas simples. Cosas seguras. Cómo al día siguiente podían hacer hotcakes. Cómo el conejo necesitaba un baño. Cómo ella siempre iba a estar ahí.

El sonido de una sirena, a lo lejos, empezó a acercarse.

Y entonces, por primera vez desde que Sofía había entrado por esa puerta, Mariana sintió algo distinto al miedo.

Sintió dirección.