La sonrisa de Rodrigo desapareció.
—Eso es privado.
—Ya no.
—No tienes idea de con quién te estás metiendo.
Diego se acercó hasta quedar a centímetros.
—Tú tampoco.
Rodrigo tragó saliva, pero no retrocedió.
—Ella nunca va a quererte. Las mujeres como Camila no saben amar. Solo buscan quién las rescate.
Diego apretó la mandíbula.
—Camila no necesita rescate. Necesita que la dejen vivir.
Al amanecer, Diego volvió a casa. Camila estaba en la cocina, con una taza de café intacta entre las manos.
—¿Lo mataste? —preguntó.
—No.
—¿Lo golpeaste?
—Menos de lo que quise.
Ella cerró los ojos.
—Diego…
—Le advertí que se alejara.
—Entonces lo provocaste.
—Lo protegí de mí.
Camila lo miró con cansancio.
—Rodrigo no pierde. Si se siente humillado, va a hacer algo peor.
Diego no alcanzó a responder.
Su teléfono sonó.
Era Bruno.
—Jefe, tenemos un problema. La señora Esperanza salió a misa y no regresó.
Diego sintió que el mundo se le congelaba.
Esperanza Salazar, su abuela, la única persona que le hablaba como si aún fuera un niño y no un hombre temido, había desaparecido.
El celular de Camila vibró al mismo tiempo.
Un video.
En la pantalla, Esperanza estaba sentada en una silla, amarrada, furiosa pero viva. Detrás de ella, Rodrigo sonreía.
—Camila —decía él—. Ven sola. Si traes a tu esposo, su abuelita paga por tus errores.
Camila se llevó una mano a la boca.
Diego vio por primera vez el miedo volverle al rostro.
Y esta vez no era por ella.
Era por todos.
La última imagen del video mostró una pistola sobre la mesa, junto a otro ramo de rosas negras.
Y Camila entendió que para terminar con Rodrigo tendría que enfrentarlo cara a cara.
PARTE 3
La vieja fábrica textil en Naucalpan llevaba años abandonada.
Desde afuera parecía un animal muerto: ventanas rotas, paredes grafiteadas, láminas oxidadas y charcos de lluvia vieja. Diego estacionó a una cuadra, apagó las luces y revisó su arma.
Camila le tomó la mano.
—Voy a entrar contigo.