—No.
—Sí.
—Quiere usarte.
—Ya lo hizo durante tres años —respondió ella—. Hoy no.
Diego quiso encerrarla en el auto, llevársela lejos, ponerle cien hombres alrededor. Pero recordó sus palabras: “Tú decides con poder”.
Y no podía salvarla quitándole otra vez la voz.
Entraron por una puerta lateral.
Adentro olía a humedad, metal y polvo. Caminaron entre máquinas viejas hasta que una luz blanca apareció al fondo.
La señora Esperanza estaba amarrada a una silla, con el cabello perfectamente peinado y la mirada encendida.
—¡Ya era hora! —gritó—. Este muchachito habla demasiado.
Rodrigo estaba detrás de ella con una pistola temblándole en la mano.
—Suelta el arma, Diego.
Diego levantó la suya.
—Déjala ir.
Rodrigo presionó la pistola contra la cabeza de Esperanza.
—No vine a negociar contigo. Vine por mi esposa.
Camila salió de detrás de Diego.
—Yo no soy tu esposa.
Rodrigo sonrió con los ojos llenos de odio.
—Claro que sí. Ese papel de divorcio no borra lo que fuimos.
—No fuimos nada —dijo ella—. Fuiste una jaula con traje caro.
El rostro de Rodrigo se deformó.
—Te di todo.
—Me quitaste todo. Mis amigas. Mi trabajo. Mi sueño. Mi voz. Hasta me quitaste la capacidad de dormir sin pedir perdón.
Por primera vez, Diego vio a Rodrigo perder el control.
—¡Porque eras mía!
El disparo salió sin aviso.
La bala pegó en una columna, a pocos centímetros de Esperanza. La anciana ni siquiera parpadeó.
—Además de cobarde, malo para apuntar —dijo.
—¡Cállese! —gritó Rodrigo.
Camila levantó las manos.
—Suéltala. Iré contigo.
—Camila, no —dijo Diego.
Ella no lo miró.
—No voy a permitir que lastimes a alguien más por mi culpa.
Rodrigo dudó. Su necesidad de poseerla fue más fuerte que su paranoia.
—Camina hacia mí.
Camila avanzó lentamente. Diego sintió que cada paso le arrancaba algo del pecho.
Cuando ella estuvo cerca, Rodrigo la jaló con violencia y le puso el arma en la sien.
—Ahora tira la pistola —ordenó.