Ella susurró “Por favor, no me pegues” mientras dormía; al amanecer, su esposo mafioso ya lo había descubierto todo.

PARTE 1

“¡Por favor, no me pegues… ya entendí!”

Diego Salazar abrió los ojos de golpe a las 3:48 de la madrugada.

No fue un grito. No fue un llanto escandaloso capaz de despertar a toda la casa. Fue un susurro roto, pequeñito, como si la mujer acostada a su lado tuviera miedo hasta de respirar.

Camila Torres Salazar estaba hecha bolita bajo las sábanas, con una mano cubriéndose la cara. Temblaba dormida.

Diego se quedó inmóvil.

Llevaban apenas veintidós días casados.

No se habían casado por amor.

Eso se repetía Diego cada vez que la veía caminar por la casa enorme en Lomas de Chapultepec como si no supiera dónde poner las manos. Ella necesitaba protección. Él necesitaba una esposa respetable para callar rumores y dar una imagen menos oscura de un hombre al que muchos políticos saludaban con sonrisas nerviosas.

El matrimonio había sido rápido: un juez discreto, dos abogados, un vestido color marfil y un anillo caro. Sin fiesta. Sin beso verdadero. Sin promesas bonitas.

Un acuerdo.

Nada más.

Pero esa madrugada, mientras la lluvia golpeaba los ventanales y Camila volvía a susurrar “perdón, Rodrigo, por favor”, algo se le cerró a Diego en el pecho.

Rodrigo.

Rodrigo Fuentes.

Diego conocía ese nombre. Empresario de transporte en Monterrey, sonrisa de revista, familia poderosa, donador en campañas, dueño de media ciudad cuando abría la cartera. También era el exesposo de Camila.

El expediente que le habían entregado antes de casarse con ella decía lo básico: matrimonio de tres años, divorcio silencioso, convenio millonario, cláusula de confidencialidad. Todo demasiado limpio. Demasiado perfecto.

Ahora entendía por qué.

—Camila —dijo en voz baja.

Ella se sacudió como si alguien la hubiera jalado desde una pesadilla. Abrió los ojos, desorientada, y por un segundo lo miró con terror.

Como si él fuera Rodrigo.

Diego levantó las manos despacio.

—Soy yo. Estás segura.

Camila respiraba rápido. Se sentó, jalándose la sábana al pecho.

—Estoy bien —dijo de inmediato.

Demasiado rápido. Demasiado aprendido.

—Solo fue una pesadilla. Perdón por despertarte.

—No me despertaste.

Ella bajó la mirada. Las manos le temblaban.

Diego la observó sin tocarla. Había visto miedo toda su vida. Lo había provocado, lo había usado, lo había olido en habitaciones donde nadie se atrevía a levantar la voz. Pero esto era distinto.

Ese miedo no venía de una pistola.

Venía de años de obedecer para sobrevivir.

—¿Desde cuándo sueñas eso? —preguntó.

Camila apretó la sábana.

—No sé de qué hablas.

Diego se levantó, sirvió agua en un vaso y lo dejó sobre el buró.

—Toma.

—No tengo sed.

—Camila.

Ella miró el vaso como si fuera una trampa. Luego bebió un sorbo.

Diego se arrodilló junto a la cama, bajando la voz.

—Yo no soy él.

El rostro de Camila se quedó quieto.

Por un instante quiso hablar. Diego lo vio. Le tembló la boca, se le llenaron los ojos de algo que parecía rabia y vergüenza al mismo tiempo.

Pero no dijo nada.

—Duerme —murmuró él—. Mañana hablamos.

Salió antes de que ella pudiera negarse.

No volvió a la cama.

Bajó al estudio, encendió una lámpara y abrió la computadora. A las 4:17 llamó a Bruno, su hombre de confianza.

—Necesito todo sobre Rodrigo Fuentes.

—¿Todo, jefe?

—Hospitales. Demandas. Reportes policiales. Archivos sellados. Lo que haya enterrado.

—Eso no sale fácil.

—No pregunté si era fácil.

Hubo silencio.

—¿Para cuándo?

Diego miró hacia el techo, pensando en Camila pidiendo perdón dormida.

—Antes del amanecer.

A las 6:03, Bruno entró con una carpeta gruesa y la cara endurecida.

Diego la abrió.

Primera hoja: ingreso a urgencias. Camila Fuentes, veintiséis años. Muñeca fracturada. Costillas golpeadas. “Paciente refiere caída en cocina”. Nota médica: lesiones incompatibles con explicación.

Segunda hoja: llamada de vecinos por gritos y vidrios rotos. El esposo aseguró que ella había tomado y cayó por las escaleras. Ella confirmó. Sin arresto.

Después otra visita al hospital. Conmoción cerebral. Labio partido. Moretones en brazos.

Y otra.

Y otra.

Diego leyó hasta que las palabras dejaron de ser documentos y se volvieron golpes.

Cuando cerró la carpeta, tenía los nudillos blancos.

—¿Dónde está? —preguntó.

—En Ciudad de México. Llegó ayer. Hotel en Polanco.

Diego levantó la mirada.

—¿Sabe que Camila vive aquí?

Bruno dudó.

—Creemos que sí.

En ese momento, arriba se escuchó un golpe seco.

Luego la voz de Camila.

—¡No! ¡Suéltame!

Diego salió corriendo.

Y cuando llegó a la entrada principal, vio a Camila descalza, pálida, con un ramo de rosas negras en las manos y una tarjeta que decía: “Sigues siendo mía”.

No podía creer lo que estaba a punto de pasar…

PARTE 2

Camila dejó caer el ramo como si quemara.

Diego tomó la tarjeta del suelo. Solo tres palabras, escritas con letra elegante, bastaron para cambiar el aire de toda la casa.

Sigues siendo mía.

—¿Cómo entró esto? —preguntó Diego, con una calma peligrosa.

Uno de los guardias bajó la mirada.

—Lo dejaron en la caseta, señor. Venía a nombre de la señora.

Camila abrazó su propio cuerpo.

—Te dije que no iba a parar.

Diego giró hacia ella.

—¿Por qué no me dijiste la verdad?

Ella soltó una risa amarga.

—¿Cuál verdad? ¿La que nadie quiso escuchar? ¿La que mis abogados convirtieron en silencio? ¿La que mi propia mamá me pidió esconder porque “un divorcio feo arruina a una mujer”?

Diego se quedó callado.

Camila tenía los ojos llenos de lágrimas, pero no lloraba.

—Rodrigo no solo me pegaba. Me enseñó a dudar de mí. Me decía loca, exagerada, ingrata. Rompía cosas y luego me obligaba a decir que yo las había tirado. Me encerraba en el baño hasta que le pidiera perdón. Y cuando por fin me fui, compró mi silencio.

—Yo puedo protegerte.

—Ese es el problema —respondió ella—. Todos quieren decidir por mí. Rodrigo decidía con violencia. Tú decides con poder.

La frase le pegó a Diego donde ninguna bala había logrado entrar.

—Tienes razón —dijo.

Camila parpadeó, sorprendida.

—No debí investigar sin preguntarte. No debí tratar tu dolor como un problema que se resuelve con contactos y amenazas.

—Entonces no hagas nada.

Diego miró la tarjeta.

—No puedo prometer eso.

Esa noche, Diego se reunió con Rodrigo en una bodega abandonada cerca de Vallejo. Rodrigo llegó vestido con traje azul marino, perfume caro y sonrisa de hombre intocable.

—Diego Salazar —dijo—. Pensé que los rumores sobre ti eran exagerados.

—Los rumores suelen quedarse cortos.

Rodrigo sonrió más.

—¿Esto es por Camila? Qué pena. Siempre fue dramática.

Diego dio un paso al frente.

—Vas a salir de su vida. Hoy.

—¿Perdón?

—No llamadas. No flores. No mensajes. No amigos preguntando por ella. No aparecerte en ningún lugar donde ella respire.

Rodrigo soltó una carcajada.

—Te vendió muy bien su papel de víctima, ¿no? Camila siempre supo llorar en el momento correcto.

Diego le lanzó una copia del reporte médico al pecho.

—También supo callarse cuando le rompiste la muñeca.