En 1979, adoptó a nueve niñas negras abandonadas. Cuarenta y seis años después, la sorpresa que ellas prepararon dejó a todos completamente sin palabras y superó cualquier expectativa.

Cuando cesaron las cazuelas y las condolencias se secaron, Richard se encontró recorriendo las habitaciones vacías como alguien buscando dónde depositar algo pesado. El amor no desaparece sólo porque alguien se vaya. A veces queda atrapado. Y a veces empieza a doler.

Una noche de tormenta condujo sin rumbo. La lluvia golpeaba el parabrisas, los relámpagos partían el cielo y la radio se perdió en estática, como si el clima devorara la señal. Entonces sus faros encontraron un cartel en el aguacero —sencillo, cuadrado e inevitable:

ST. MARY’S ORPHANAGE.

Richard disminuyó la velocidad sin saber por qué. Aparcó, apagó el motor y permaneció escuchando la lluvia sobre el techo. ¿Qué hago aquí? pensó. Pero las palabras de Anne presionaban sus costillas: Dále un lugar adonde ir.

Entró en la tormenta, el abrigo empapado en segundos, los zapatos chapoteando en el agua mientras subía los escalones. Tocó el timbre. El sonido resonó dentro del edificio como si importara.

Una monja abrió la puerta, con el rostro marcado por la paciencia tranquila de quien ha visto demasiado.
—¿Sí? —preguntó con suavidad.
—Lo siento —empezó Richard, con voz torpe—. No sé por qué vine. Solo vi el cartel.

Ella lo observó un instante y lo hizo pasar. —Entra antes de que te dé neumonía —dijo.

Dentro, el aire olía a limpiador de limón y a algo dulzón: quizá avena. El pasillo estaba cálido, iluminado por lámparas viejas, y en algún lugar más adentro un bebé lloró breve y fue calmado. Richard se secó la lluvia de la cara e intentó recordar cómo respirar.

—Soy Richard Miller —dijo.
—Hermana Catherine —respondió la monja—. ¿Viene a donar? ¿A ofrecerse como voluntario?
Richard tragó. —Perdí a mi mujer. Nunca tuvimos hijos. No… no tengo un plan.

El gesto de la hermana Catherine se ablandó, sin lástima. —A veces las personas llegan sin plan —dijo en voz baja—. Y es entonces cuando Dios hace su mejor trabajo.
Richard ya no sabía en qué creía. Solo sabía que el vacío dentro de él había empezado a señalar hacia algún lado.

Ella lo llevó por el pasillo mientras afuera el trueno retumbaba como tambores distantes. —Tenemos muchos niños —dijo—. Algunos mayores, algunos bebés. Algunos vienen y van rápido. Otros… se quedan más de lo debido.
Pasaron por niños pequeños con bloques de madera; alzaron la vista, curiosos, y volvieron a su juego. El corazón de Richard se retorció de todos modos.

Al final del pasillo, la hermana Catherine se detuvo frente a una puerta. Vaciló un segundo, como si decidiera si la verdad que había dentro era demasiado para un extraño. Luego la abrió.

La sala infantil estaba cálida y suavemente iluminada. Las cunas alineaban una pared. Peluches en las esquinas. El aire llevaba ese inconfundible olor a loción para bebé y mantas limpias. Y en la esquina, juntas, nueve cunas: nueve pequeños bultos durmiendo y moviéndose.

Richard se acercó con la respiración contenida.
—Fueron dejadas juntas —dijo la hermana con voz baja—. Todas a la vez.
—¿Nueve? —susurró Richard, como si el número no pudiera ser real.