Nueve.
Algunas recortaban papel.
Otras hacían deberes.
La más pequeña estaba dormida con la cabeza apoyada sobre el brazo de una mayor.
Todas levantaron la vista cuando él entró.
No hubo sonrisas.
No hubo curiosidad infantil.
Hubo evaluación.
La clase de evaluación silenciosa que solo hacen quienes ya aprendieron a no confiar.
La mayor fue la primera en hablar. Alta, delgada, con trenzas pulcras y una quietud feroz en el rostro.
—¿Quién es él?
—Es el señor Richard Miller —dijo la hermana Agnes—. Ha venido a visitarnos.
La chica no apartó los ojos de él.
—¿Por qué?
Richard abrió la boca, pero ninguna respuesta le pareció suficientemente honesta hasta que dijo la verdad.
—Porque estaba perdido.
La menor que seguía despierta soltó una risita breve, pero la mayor no se movió.
—Los adultos siempre vienen perdidos —dijo—. Luego se encuentran en otra parte y no vuelven.
La frase cayó como una piedra.
La hermana Agnes murmuró su nombre.
—Marian.
Pero Richard negó levemente con la cabeza.
—Tiene derecho a decirlo.
Marian cruzó los brazos.
A su lado, una niña de unos doce años con gafas torcidas y un libro abierto preguntó:
—¿Va a traernos dulces y promesas?
Otra, pecosa y con una rodilla vendada, añadió:
—Porque eso ya lo hicieron antes.
Richard sintió que el corazón se le apretaba de una manera nueva. No como duelo. Como vergüenza prestada por todos los adultos que habían fallado antes que él.
—No traje dulces —dijo—. Y las promesas... no debería hacerlas sin saber si puedo cumplirlas.
Eso provocó algo diminuto. No confianza. Pero sí una pausa.
La hermana Agnes señaló las sillas.
—Señor Miller, siéntese. Está interrumpiendo la hora de lectura.
Richard obedeció. Pasó la siguiente hora escuchando más de lo que habló. Supo que la pequeña dormida se llamaba Ruth y odiaba los guisantes. Que Pauline quería ser enfermera. Que Esther tartamudeaba al leer en voz alta, pero cantaba afinada. Que las gemelas no idénticas, Joy y June, cambiaban de lugar para confundir a las monjas. Que Marian nunca soltaba la mano de Ruth en las noches de tormenta aunque fingiera no tener miedo de nada.
Cuando se levantó para irse, ya pasada la medianoche, Ruth se había despertado y lo miraba desde el borde de la alfombra.
—¿Vas a volver? —preguntó.
Todas dejaron de moverse.
Richard sintió el peso exacto de esa pregunta. No era infantil. Era judicial.
Se arrodilló para quedar a su altura.
—Sí —dijo—. Voy a volver.
Marian soltó un resoplido casi imperceptible, como quien marca mentalmente una fecha para comprobar una mentira.
Pero Richard volvió.
Al día siguiente.
Y al otro.
Y la semana siguiente también.
Llevó libros, no dulces.
Arregló una bisagra rota en una ventana del dormitorio.
Ayudó a Pauline con fracciones.
Escuchó a Esther leer sin corregirle el tartamudeo.
Dejó que Joy y June le escondieran las llaves del coche.
Aprendió que Ruth solo dormía si alguien dejaba una luz encendida en el pasillo.
Descubrió que Marian fingía dureza porque la esperanza, en una niña de catorce años, dolía más que el hambre.
La ciudad empezó a hablar, como siempre hablan las ciudades pequeñas cuando algo no encaja en sus prejuicios.
Un viudo blanco.
Respetable.
Con casa grande y posición cómoda.
Pasando cada tarde en un orfanato católico con nueve niñas negras.
Al principio fue curiosidad.
Después, murmullo.
Luego desconfianza disfrazada de consejo.
—Richard, no querrás complicarte la vida.
—Puedes ayudar de muchas otras formas.
—Una donación sería más sensata.
—Son demasiadas.
—No son tuyas.
—La gente hablará.
La última frase fue la única que consiguió hacerlo reír.
La gente ya hablaba.
Una tarde, la hermana Agnes lo encontró en la oficina revisando formularios con ojeras de varios días.
—¿Lo dices en serio? —preguntó.
Richard alzó la vista.
Sobre la mesa estaban las solicitudes.
Estudios del hogar.
Entrevistas.
Informes psicológicos.
Nueve expedientes separados que, por primera vez en años, alguien no había hojeado para luego cerrar con rapidez.
—Sí —contestó.
—No puedes adoptar a nueve niñas en un impulso.
—No es un impulso. Llevo semanas viniendo.
—Semanas no bastan para una vida.
Richard pasó los dedos por la fotografía de grupo que coronaba el primer expediente. Nueve rostros serios. Nueve pares de ojos acostumbrados a esperar lo peor.