—Tal vez no —dijo—. Pero el amor tampoco empieza cuando uno ya lo sabe todo.
La hermana Agnes se sentó enfrente.
—Richard, escucha bien lo que estás diciendo. La mayor está a punto de entrar en la adolescencia dura. Algunas tienen pesadillas. Dos roban comida y la esconden por si mañana no hay. Una no soporta que un hombre alce la voz. Otra moja la cama cuando llueve. No se trata de salvarlas. Se trata de quedarte cuando te rompan el corazón, te desafíen, te mientan y no sepan cómo quererte de vuelta.
Él tragó saliva.
—Entonces me quedaré.
—¿Por las nueve?
Richard sostuvo la mirada de la monja.
—Por las nueve.
La noticia corrió como fuego en papel seco.
En la barbería dijeron que se había vuelto loco.
En la iglesia, algunas mujeres bajaron la voz al verlo pasar.
Un hombre en la gasolinera soltó, creyéndose valiente:
—Hay que tener un motivo raro para hacer algo así.
Richard lo miró solo una vez y respondió:
—Sí. Amor.
La aprobación legal tardó meses.
Meses de inspecciones, papeles, dudas y evaluaciones hechas por personas que jamás habían intentado meter nueve camas en una casa diseñada para sueños más pequeños.
Richard derribó paredes.
Convirtió el estudio en dormitorio.
Pintó literas.
Aprendió a trenzar cabello con los dedos torpes y llenos de paciencia.
Marcó con cinta de colores los cajones de cada una.
Llenó la despensa hasta que ya no cupo una lata más.
Puso nueve ganchos en la entrada, uno bajo otro, y junto a ellos, por primera vez desde la muerte de Anne, sintió que la casa respiraba.
El día en que las llevó a casa, ninguna lloró.
Ni siquiera Ruth.
Estaban demasiado alertas para eso.
Marian entró primero, como una exploradora entrando en territorio hostil. Recorrió el salón, la cocina, las escaleras, las puertas abiertas, las camas hechas, la ropa doblada, los libros nuevos en las estanterías.
—¿Todo esto es de verdad? —preguntó Pauline en voz baja.
—Sí —dijo Richard.
June tocó la pared recién pintada.
—¿Y si hacemos algo mal?
Richard pensó en Anne.
En sus últimas palabras.
En la casa vacía.
En la lluvia sobre el orfanato.
—Entonces lo arreglaremos juntos.
No hubo abrazo colectivo.
No hubo música.
No hubo magia instantánea.
Hubo miedo.
Pruebas.
Portazos.
Silencios.
Ruth llorando a medianoche.
Joy robando pan y escondiéndolo bajo el colchón.
Esther negándose a llamar “papá” a nadie.
Marian discutiendo por cada regla como si obedecer fuese otra forma de desaparecer.
Y Richard se quedó.
Se quedó cuando Ruth tuvo fiebre.
Cuando Pauline suspendió un examen y rompió a llorar de vergüenza.
Cuando June llegó con la nariz sangrando por una pelea en la escuela.
Cuando una madre del vecindario retiró a su hija de una fiesta de cumpleaños “porque no era el ambiente adecuado”.
Cuando escuchó, desde la cocina, a dos señoras en el supermercado susurrar:
—No entiendo por qué querría cargar con esas niñas.
Esas niñas.
Aquella noche, Marian lo encontró solo en el porche, sentado con los codos sobre las rodillas.
—¿Te arrepientes? —preguntó.
Tenía dieciséis ya, pero en ciertas luces seguía pareciendo la niña que evaluaba puertas de salida.
Richard levantó la vista.
—Ni un día.
Ella dudó.
Luego se sentó a su lado.
—La señora Evans dijo hoy que seguro nos adoptaste para sentirte un santo.
Richard soltó aire por la nariz.
—Espero que no. Porque sería mucho trabajo para una estatua.
Marian no sonrió, pero sus hombros se aflojaron.
—Yo sí pensé eso al principio.
—Lo sé.
—Pensé que ibas a cansarte.
—También lo sé.
Se hizo un silencio largo, tibio.