Pero Abril me apretó la mano con fuerza y me contuve.
Lucía no lloró.
Eso me asustó más que cualquier otra cosa.
Miró con serenidad a su padre, luego a sus hermanas. Las tres niñas intercambiaron una comprensión silenciosa que parecía demasiado madura para su edad.
Fue entonces cuando me di cuenta de que ya sabían algo.
Algo que no hice.
“A partir de ahora, vendrán a casa conmigo”, les dije.
Arturo rió entre dientes.
“Perfecto. Eso es una preocupación menos para mí.”
No abrazó a sus hijas para despedirse.
No les besó la frente.
No les preguntó si necesitaban ropa, medicinas o cualquier otra cosa.
Simplemente se dio la vuelta y caminó hacia una furgoneta blanca aparcada fuera del cementerio. Dentro, una joven con gafas de sol oscuras lo esperaba.
Esa noche, llevé a mis nietas a casa.
Preparé sopa. Calenté tortillas. Preparé la habitación donde Rosa solía dormir cuando era pequeña.
Renata se quedó dormida con una de las blusas de su madre puesta.
Abril se negaba a soltarme la mano.
Lucía permaneció sentada en silencio junto a la ventana durante horas.
A las tres de la mañana, entró en silencio en la cocina.
—Abuelo —susurró—, mamá no murió solo porque estuviera enferma.
Sentí un frío intenso en todo el cuerpo.
“¿Qué estás diciendo?”
Lucía colocó una pequeña bolsa de tela morada sobre la mesa.
Dentro había un teléfono móvil antiguo, un ordenador portátil y una memoria USB.
“Mamá nos dijo que si alguna vez le pasaba algo, teníamos que darles esto a alguien que todavía la quisiera.”
Y en ese momento, me di cuenta de que mi hija había dejado mucho más que recuerdos.
Ella había dejado atrás la verdad.
PARTE 2
Me temblaban las manos al abrir el cuaderno de Rosa.
Su letra parecía pulcra y delicada al principio, exactamente como la recordaba. Listas de la compra. Citas médicas. Recordatorios escolares. Notas sobre facturas y medicamentos.
Entonces la escritura cambió.
Las letras se volvieron más apretadas. Más desordenadas. Nerviosas.
Como alguien que escribe con miedo a ser descubierto.
“Arturo dice que las chicas le arruinaron la vida.”
“Hoy me escondió las llaves del coche para que no pudiera ir al médico.”
“Me han vuelto a cambiar el horario de trabajo. Recursos Humanos dijo que la decisión venía de la dirección.”
“Arturo trabaja en Recursos Humanos.”
Un escalofrío me recorrió la espalda.
Rosa y Arturo trabajaban en la misma empresa. Ella se encargaba de la administración. Él trabajaba en Recursos Humanos, lo que significaba que controlaba los horarios, las solicitudes de vacaciones y los informes internos.
Siempre creí que él la cuidaba.
A menudo me decía que se sentía agotada. Que le dolía el pecho. Que ya no podía dormir.
Le rogué que se quedara conmigo un tiempo, pero ella siempre respondía:
“No quiero que mis hijas crezcan sin su padre.”
Seguí leyendo.
“Me han denegado la baja médica otra vez.”
“Arturo dijo que si yo moría, por fin se sentiría libre.”
“Mariela no quiere chicas cerca. Arturo dijo que solucionaría ese problema.”
Levanté la vista lentamente.
“¿Quién es Mariela?”