Lo dejó de sonar.
Volvió a marcar treinta segundos después.
Y otra vez.
Mis manos temblaban tanto que no pude contestar. El doctor regresó, puso el teléfono en silencio y me pidió que no saliera del consultorio por ningún motivo. Fue entonces cuando llamé a la única persona en quien confiaba sin dudar: Nora.
Nora era mi mejor amiga desde la prepa y abogada litigante. No se dejaba intimidar por nadie. Apenas escuchó mi voz, no gritó, no hizo preguntas inútiles.
“Claudia, escúchame con atención. No salgas del hospital. No hables con Gerardo. No le avises a tu mamá. Ya voy para allá.”
Llegó antes que la policía.
Una hora después había dos detectives en el consultorio haciéndome preguntas. Yo les conté todo: las vitaminas que mi mamá me llevaba cada mes, las visitas semanales de Gerardo a su casa, el mensaje del contacto guardado como V, la cápsula que había apartado porque se veía rara.
Uno de los detectives, un hombre moreno de voz tranquila, frunció el ceño y me preguntó algo que me dejó helada.
“¿Su esposo sabía que usted había heredado dinero?”
Se me cerró la garganta.
“Sí”, respondí. “Mi papá me dejó como ocho millones de pesos cuando falleció.”
Nora volteó a verme con una lentitud terrible.
“¿Y tu mamá también sabía exactamente cuánto era?”
Asentí.
Los detectives cruzaron una mirada rápida, de esas que dicen más que una explicación. Para el atardecer, Gerardo ya había sido retenido para declarar, y la policía estaba consiguiendo una orden para catear la casa de mi madre. Yo seguía ahí, acostada, intentando aceptar que el peligro no venía de afuera.
Venía de mi propia familia.
Cerca de la medianoche, Nora entró otra vez a mi habitación con la cara completamente pálida. Cerró la puerta detrás de ella, se acercó a mi cama y habló tan despacio que supe que lo que iba a decir me iba a destrozar.
“Encontraron la sustancia”, me dijo. “No solo rastros. Frascos enteros. También cápsulas vacías, empaques sellados de vitaminas y búsquedas sobre cómo frenar el crecimiento fetal sin levantar sospechas.”
Mi respiración se volvió corta. Sentía que me iba a desmayar.
Pero Nora todavía no terminaba.
“Y también encontraron cientos de mensajes entre Gerardo y tu mamá.”
La miré sin entender.
Entonces ella tragó saliva y me soltó la verdad que me partió el alma en dos.
“No solo se estaban poniendo de acuerdo para envenenarte… ellos tienen una relación.”
Sentí una náusea brutal. Corrí al baño y vomité hasta que me dolió el pecho.
Cuando salí, Nora seguía inmóvil, con el celular en la mano.
“Claudia… esto apenas empieza.”
No podía creer lo que estaba a punto de pasar…
PARTE 2
No dormí en toda la noche.
Cada vez que cerraba los ojos veía la cara de mi madre sonriéndome mientras me entregaba las vitaminas, como si me estuviera cuidando. Veía a Gerardo acariciándome la espalda cuando yo me quejaba del cansancio, diciéndome que no dramatizara, que todas las embarazadas se sentían así. Y ahora sabía que mientras yo confiaba en ellos, ellos me estaban destruyendo desde adentro.
A la mañana siguiente llegaron los detectives con más información. Yo estaba sentada en la cama del hospital, con una bata azul y las piernas cubiertas por una cobija que no alcanzaba a quitarme el frío.
“Señora Claudia”, dijo la detective, una mujer de cabello recogido y voz firme, “tenemos que mostrarle algunos mensajes.”
Nora se puso a mi lado.
El primer mensaje decía: Todavía confía en nosotros.
El segundo: Cuando la bebé ya no esté, ella se va a quebrar sola.
No pude seguir leyendo. Se me llenaron los ojos de lágrimas, pero la detective insistió con el siguiente porque, según ella, yo necesitaba saber hasta dónde llegaba el plan.
Ese fue el mensaje que me hizo temblar de pies a cabeza.
Después resolvemos lo de las escaleras. Una embarazada deprimida que se cae no despierta sospechas.
“Querían matarme”, susurré.
Nora me tomó la mano.
“No lo van a lograr.”
Pero el horror no terminaba ahí. Horas más tarde, cuando por fin permitieron que me revisara otro especialista en medicina materno-fetal, me explicó que mi niña seguía con latido, aunque estaba en riesgo. Había que vigilarme día y noche. Me dejaron internada.
Yo pensé que lo peor ya lo sabía.
Me equivocaba.
Como a las once de la mañana, Nora recibió una llamada en el pasillo. Tardó poco en regresar, pero traía la cara blanca, como si le hubieran sacado toda la sangre.
“Encontraron a tu mamá”, dijo.
“¿La detuvieron?”
Nora apretó los labios.
“Sí. Y Claudia… está embarazada.”
Por un instante no entendí. Mi mente simplemente no quiso acomodar la frase. Luego lo hizo, y sentí una especie de descarga que me recorrió completa.
“¿De quién?”
Nora no respondió porque no hacía falta.
Me tapé la boca con las dos manos y me doblé sobre mí misma. Mi propia madre estaba esperando un hijo del hombre con el que yo compartía la cama. El mismo hombre que había jurado cuidarme. El mismo que me acompañó a escoger la cuna, a pintar el cuarto, a subir las fotos del embarazo con frases cursis que ahora me daban asco.
Eso habría sido suficiente para destruir a cualquiera.
Pero todavía faltaba el golpe más sucio.
Por la tarde, los peritos comenzaron a recuperar archivos borrados de la nube de Gerardo. Documentos, notas, carpetas escondidas. Entre ellos apareció uno con un nombre frío, casi empresarial: Plan de transición.
La detective lo leyó frente a nosotras.
Fase uno: restringir desarrollo fetal con microdosis de sustancia mezclada en vitaminas.
Fase dos: colapso emocional tras pérdida gestacional.
Fase tres: accidente doméstico o intervención psiquiátrica si la paciente sobrevive y se vuelve inestable.
Había más.