Naomi respondió por él. «Le dijiste que estaba mintiendo. Que estaba loca. Que había falsificado documentos».
Travis la miró, luego al teléfono que tenía en la mano, y por primera vez un atisbo de miedo apareció en su rostro.
Seis meses antes, Naomi había descubierto tres cosas casi a la vez: Travis había vaciado parte de su cuenta de ahorros, había sacado una tarjeta de crédito a su nombre y había falsificado su firma en un documento de préstamo relacionado con uno de sus negocios turbios. Cuando lo confrontó, él culpó al alcohol, al estrés, a la mala suerte… a cualquier cosa menos a sí mismo. Entonces lloró, se disculpó y juró que nunca volvería a suceder. Naomi había fotografiado todo en secreto antes de que él la convenciera de esperar “hasta que pudieran arreglarlo en privado”.
Después de eso, nunca dejó de guardar registros.
Esa noche, cuando Travis la empujó a la habitación, Dean había entrado esperando un tipo de horror. En cambio, Naomi le había mostrado otro.
Había desbloqueado una carpeta en su teléfono que contenía capturas de pantalla, registros de cuentas, documentos de préstamos, mensajes de texto y una nota de voz en la que el propio Dean había aparecido sin saberlo semanas atrás. En ella, Travis se jactaba de que si las cosas se ponían muy mal, podría culpar a Naomi de la deuda porque “su nombre ya aparece en la mitad de ella”.
Dean escuchó la grabación en silencio, atónito.
“¿La usaste?”, susurró.
La respuesta de Naomi fue simple: “Se aprovechó de todos”.
De vuelta en el pasillo, Travis se abalanzó sobre ella. “Dame ese teléfono”.
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