Gabriel giró la tableta hacia ella.
El mensaje quedó brillando frente a todos:
“Mantenla invisible hasta que se resuelva lo del bebé.”
Valeria dejó de fingir.
Su boca tembló.
“No quise hacerle daño.”
Lucía soltó un sonido pequeño, entre risa y sollozo.
“Me dejaste sin casa, sin teléfono, sin dinero y sin forma de hablar con mi esposo.”
Valeria se defendió mirando a Alejandro.
“Tu matrimonio ya estaba roto. Tu mamá solo quería protegerte. Lucía siempre fue débil, obsesionada con embarazarse, con amarrarte…”
Alejandro se levantó tan rápido que la silla cayó hacia atrás.
“Una palabra más sobre los embarazos de mi esposa y te juro que olvidaré que estamos en una sala con abogados.”
Valeria retrocedió.
Lucía se puso pálida. Durante años había perdido bebés, esperanzas y pedazos de sí misma en clínicas privadas donde Alejandro casi siempre llegaba tarde por juntas, vuelos o negocios. Y ahora entendía que Ramona había usado esa herida para borrarla.
A la 1:05 de la mañana llegó doña Ramona Montero.
Entró vestida de blanco, con perlas en el cuello y la mirada fría de quien nunca ha pedido perdón. Ni siquiera saludó a Lucía.
“Ya basta, Alejandro. Estás haciendo un espectáculo.”
Él la miró como si la viera por primera vez.
“¿Bloqueaste sus llamadas?”
Ramona suspiró.
“Necesitaba distancia.”
“¿Cambiaste las cerraduras de mi casa?”
“Ella ya se había ido.”
“¿Amenazaste con acusarla de robo?”
“Tenía acceso a cuentas de la fundación. Era razonable protegernos.”
Lucía apretó los labios.
Alejandro preguntó lo último.
“¿Sabías que estaba embarazada?”
Por primera vez, Ramona dudó.
Ese silencio fue una confesión.
“Sí”, dijo al fin. “Y si te lo decía, ibas a cometer un error sentimental.”
Alejandro sintió que algo dentro de él se rompía para siempre.
“¿Mi hija es un error sentimental?”
“Esa mujer podía usarte.”
“Esa mujer es mi esposa.”