PARTE 1
—Si se te cae otra vez, empiezas desde cero —dijo mi esposa con una frialdad que jamás le había escuchado.
Yo no debía estar ahí.
Mi vuelo a Monterrey había sido cancelado por una tormenta repentina, y en lugar de avisar que regresaba, decidí volver en silencio a la casa. Pensé que sería una sorpresa bonita para mi hija. Compré una muñeca en una tienda del aeropuerto, una de esas con vestido rosa y zapatitos diminutos, porque Sofía llevaba semanas sin sonreír como antes.
Pero cuando abrí la puerta de nuestra casa en Lomas de Chapultepec, no escuché risas, ni caricaturas, ni música infantil.
Solo escuché un sonido seco.
Tac… tac… tac…
Un metrónomo.
Avancé despacio por el pasillo, con la muñeca todavía en la mano. La casa olía demasiado a lavanda, ese aroma que Daniela siempre encendía para que todo pareciera limpio, perfecto, elegante. Desde que nos casamos, ella repetía que una casa con clase debía oler a calma.
Pero esa tarde, la calma daba miedo.
Subí las escaleras sin hacer ruido. Al acercarme al cuarto de juegos, escuché una vocecita quebrada.
—Mamá… ya me duele la panza…
Me quedé helado.
Era Sofía.
Mi hija de cuatro años.
La misma niña que esa mañana me había abrazado con sus bracitos flacos y me había dicho que no quería ir al kínder porque se sentía mal. Daniela me había explicado, como tantas otras veces, que Sofía era delicada, que tenía el estómago sensible, que cualquier cosa le hacía daño. Yo lo creí. Yo, Alejandro Márquez, el hombre que podía detectar una mentira en una sala de juntas, no supe verla dentro de mi propia casa.
Me asomé por la rendija de la puerta.
Y sentí que el mundo se partía.
Sofía estaba parada sobre un banco de madera, con un pie levantado, temblando de pies a cabeza. Sobre su cabecita llevaba un diccionario enorme, más grande que su torso. Su camisón blanco estaba pegado a su cuerpo por el sudor. Sus labios estaban secos. Sus ojos, rojos.
Daniela estaba sentada frente a ella, impecable, con el cabello recogido y una taza de té en la mano.
—Espalda recta —ordenó—. Una niña fina no se encorva.
—Tengo hambre… —susurró Sofía.
Daniela soltó una risa suave, como si la niña hubiera dicho una tontería.
—El hambre se domina. Si quieres que tu papá esté orgulloso de ti, aprendes a controlarte.
La muñeca cayó de mi mano.
El golpe hizo que ambas voltearan.
Sofía perdió el equilibrio. El diccionario cayó primero. Luego ella se desplomó contra el piso.
Daniela se levantó molesta, no asustada.
—Alejandro, no grites. La vas a poner peor.
Pero yo ya estaba corriendo hacia mi hija.
—Sofi, mi amor…
Intenté cargarla, pero ella retrocedió aterrada, cubriéndose la cabeza con las manos.
—Perdón, papá… perdón… no terminé… no me odies…
Ahí entendí que no estaba enferma.
La estaban rompiendo.
Y lo que vi después fue imposible de creer.
PARTE 2
Sofía no se aferró a mí. Se aferró al piso, como si mis brazos también fueran castigo.
—Mi amor, soy yo —le dije, con la voz hecha pedazos—. Papá está aquí.
Pero ella seguía llorando.
—No quiero agua con limón… quiero comer… por favor…
En ese momento apareció Doña Carmen, la mujer que había trabajado con mi familia desde antes de que naciera Sofía. Venía pálida, con los ojos hinchados, como si llevara meses tragándose un secreto que ya no cabía en su pecho.
Se arrodilló junto a la niña y sacó de la bolsa de su mandil un bolillo envuelto en servilleta.
Sofía lo agarró con desesperación y empezó a comer como si no hubiera probado alimento en días.
Yo miré a Daniela.
—¿Qué es esto?
Ella cruzó los brazos.
—Disciplina. Algo que tú no has sabido darle porque cargas culpa por la muerte de Mariana.
Mariana.
El nombre de mi primera esposa cayó entre nosotros como una piedra. La madre de Sofía había muerto tres años antes, en un accidente en carretera rumbo a Puebla. Desde entonces, yo me escondí en el trabajo. Viajes, juntas, cierres, inversiones. Me repetía que todo era para darle un futuro a mi hija.
Mientras tanto, mi hija estaba sobreviviendo en mi propia casa.
Doña Carmen explotó.
—¡Abra los ojos, señor! Cada vez que usted sale, la deja horas parada, sin comer. Le dice que está gorda, que es floja, que si no aprende a ser perfecta usted va a dejar de quererla.
—¡Cállese! —gritó Daniela.
Fue la primera vez que vi romperse su máscara.
—No —dijo Doña Carmen, llorando—. Ya no me callo. La niña vomitaba esos jugos verdes. Le escondí comida porque si no, se nos iba a desmayar. Usted la encerraba cuando pedía ir al kínder.
Sentí náuseas.
Recordé todos los dibujos de Sofía. Casas con ventanas negras. Niñas sin boca. Soles pintados de gris. Recordé la mirada de Doña Carmen en la cocina esa mañana, suplicándome sin decir nada. Y recordé que yo elegí ignorarla.
Daniela se acercó a Sofía y estiró la mano hacia el pan.
—Dámelo, Sofía. Eso te inflama.
Sofía apretó el bolillo contra su pecho.
—No…
Me puse entre las dos.
—Si vuelves a tocar a mi hija, te juro que no respondo.