Mi esposo siempre estaba fuera.
Y yo era la única persona que quedaba allí, tapando huecos, apagando incendios, fingiendo que el agotamiento no estaba empezando a vaciarme por dentro.
No me consideraba una víctima.
De verdad no.
Había aceptado esa vida porque pensé que era temporal, porque el cariño también se construye en la rutina, y porque mi cuñado, en medio de todo, nunca fue cruel conmigo.
Al contrario.
Había en él una gentileza extraña.