PARTE 2
El golpe sonó como si se hubiera reventado una ventana durante un terremoto. Andrés entró corriendo a la cocina, pálido, con el control remoto todavía en la mano.
Se quedó congelado.
La vitrina de cristal templado, esa que Valeria presumía en cada reunión con sus amigas de Polanco, estaba hecha pedazos sobre el piso. Yo había levantado la olla de hierro con las dos manos y la lancé directo contra el mueble. La sopa hirviendo escurrió por las repisas, empapando bolsas carísimas, estuches de joyería, relojes y zapatos que Valeria jamás había usado dos veces.
“¡Mis bolsas!”, chilló ella, llevándose las manos a la cabeza. “¡Mis joyas! ¡Estás loca, vieja desgraciada!”
Andrés me sujetó del brazo con fuerza.
“¿Qué hiciste, mamá? ¿Tienes idea de cuánto cuesta todo eso?”
Lo miré a los ojos.
“Más o menos”, respondí. “Aunque me interesa más saber con qué dinero lo compraron.”
Valeria se puso rígida.
“¿Qué estás insinuando?”
Andrés apretó más mi brazo.
“Ya basta. Te pasaste. Te hemos tolerado demasiado, mamá. Esto es destrucción de propiedad. Vas a pagar cada peso.”
Me solté despacio.
“No voy a pagar nada, Andrés.”
Valeria sacó su celular.
“Voy a llamar a la policía. Y después voy a meter a esta señora en un asilo. Pero hoy mismo. Se acabó el teatrito de la abuelita buena.”
“Llámales”, dije.
No levanté la voz. No lloré. No pedí perdón.
Tomé una servilleta, limpié la sangre de mi frente y subí a mi recámara.
Durante las siguientes cuarenta y ocho horas, la casa se convirtió en un campo de batalla silencioso. Valeria no me dirigía la palabra, pero dejaba mis cosas en bolsas negras junto a la puerta principal. Andrés caminaba por los pasillos sin mirarme, como si yo ya fuera una desconocida.
Por las noches los escuchaba hablar en la sala.
“Hay que sacarla antes de que nos cause más problemas”, decía Valeria.
“Es mi mamá”, murmuraba Andrés, con una voz débil.
“Tu mamá nos va a arruinar. Si no haces algo, lo hago yo.”
Yo escuchaba desde arriba, sentada junto al retrato de Arturo. No sentía miedo. Sentía una tristeza inmensa, sí, pero también una claridad que no había sentido en años.
Mientras ellos planeaban mi salida, yo ejecutaba la mía.
El martes por la mañana, a las nueve en punto, llegó el licenciado Ricardo Salinas, mi abogado de confianza desde hacía más de veinte años. No tocó el timbre. Entró con la llave principal que yo misma le había dado.
Traía un portafolio negro y el rostro serio.
Valeria bajó las escaleras con lentes oscuros y una bata de seda, como si estuviera en un hotel de lujo.
“Qué bueno que contrató abogado, doña Elena”, dijo con una sonrisa venenosa. “Tal vez así entienda que tiene que irse sin hacer más escándalos.”
Ricardo dejó el portafolio sobre la mesa de la sala.
“No vengo a negociar la salida de la señora Elena”, respondió.
Andrés apareció detrás de ella.
“Entonces, ¿a qué viene?”
Mi abogado abrió el portafolio y sacó varios documentos sellados. Luego miró directamente a Valeria.
“Vengo porque usted robó dinero del fideicomiso familiar durante seis meses.”
A Valeria se le borró la sonrisa.
Y lo peor todavía no había salido a la luz…