Yo seguí sonriendo.
—Son el pago final por todos los “servicios” que dice haber prestado durante mi cuarentena. Como ella misma lo acaba de declarar delante de todos, desde este momento queda claro que nuestra relación no fue de cuidado familiar, sino de servicio pagado.
El salón quedó tan silencioso que hasta se escuchó el sonido de alguien dejando los cubiertos sobre el plato.
Doña Carmen frunció el ceño.
—Valeria, ¿qué tonterías estás diciendo?
No la miré a ella.
Miré a la pantalla grande detrás del escenario.
El técnico, siguiendo la señal que yo ya había acordado con anticipación, conectó mi computadora.
En la pantalla apareció un documento.
Grande.
Claro.
Con fecha, nombre completo y firma digital.
Contrato de separación de bienes.
Diego se levantó de golpe.
—¡Valeria!
Yo levanté una mano, impidiéndole hablar.
—La segunda cosa —continué— es que esta mañana presenté formalmente la demanda de divorcio ante el juzgado familiar correspondiente en Ciudad de México.
Un murmullo explotó entre los invitados.
Doña Carmen se quedó rígida.
Diego abrió la boca, pero no salió ni una palabra.
Yo lo miré por primera vez.
—Diego Herrera, durante mi embarazo, usaste mi tarjeta adicional para pagar los gastos de tu madre, de tu hermana y de medio grupo familiar. Después del nacimiento de nuestro hijo, permitiste que tu madre me humillara, me aislara y me tratara como si yo fuera una sirvienta en mi propia casa.
Mi voz seguía tranquila.
Pero cada palabra cayó como una bofetada.
—Y hoy, delante de todos, permitiste que me exigiera dinero por algo que nunca hizo.
Diego tragó saliva.
—Valeria, podemos hablarlo en privado…
—No —lo interrumpí—. Durante mucho tiempo, todo lo que me hicieron fue en privado. Hoy se termina en público.
Mi madre bajó la cabeza, cubriéndose la boca con la mano.
Mi padre apretó los puños sobre la mesa, pero esta vez no intentó detenerme.
En la pantalla apareció el segundo documento.
Propiedad del departamento en Roma Norte: Valeria Montes.
—La tercera cosa —dije— es que el departamento donde viven Diego y su madre está únicamente a mi nombre. Fue comprado con dinero de mi empresa antes del matrimonio. Así que, desde esta noche, Diego Herrera y Doña Carmen Herrera tienen setenta y dos horas para retirar sus pertenencias.
La copa en la mano de Doña Carmen cayó al suelo.
El cristal se rompió en pedazos.
—¡Eso es imposible! —gritó ella—. ¡Esa es la casa de mi hijo!
Sonreí apenas.
—No, Doña Carmen. Es mi casa.
Diego se puso más pálido.
—Valeria, mi mamá no tiene a dónde ir…