Álvaro hablaba y yo lo miraba como si estuviera viendo a un actor mediocre en una obra demasiado larga.
Tenía los codos apoyados sobre la mesa, la frente arrugada y la voz quebrada justo en los lugares precisos. Si yo no hubiera escuchado con mis propios oídos el plan en aquella oficina, quizá lo habría abrazado. Quizá le habría dicho que no importaba, que saldríamos adelante juntos, que venderíamos el coche, que empeñaría mis joyas de boda, que haríamos lo necesario por Emiliano.
Pero ya no era esa mujer.
Ya no.
—La situación está peor de lo que creía —dijo, llevándose una mano al rostro como si el dolor lo estuviera doblando—. Hay una deuda enorme, Jimena. Si no hago algo rápido, nos van a caer embargos, demandas, todo.
Bajé la mirada, fingiendo miedo.
—¿Qué podemos hacer?
Él respiró hondo, como si le costara pronunciar lo siguiente.
—Necesito protegerte a ti… y al niño.
Casi sonreí.
Esa palabra.
Proteger.
Los cobardes la usan muchísimo cuando están a punto de destruirte.
—¿Cómo? —pregunté en un hilo de voz.
Álvaro me tomó la mano por encima de la mesa. Un gesto que, antes, me habría partido el alma de ternura. Ahora me revolvía el estómago.
—Tenemos que divorciarnos. Solo en papel. Temporalmente. Si tú ya no apareces vinculada a mí, ciertas cosas se salvan. La casa, quizá algo de dinero. Y Emiliano queda fuera de cualquier problema.
Lo dijo mirándome con esos ojos cansados que tantas veces confundí con nobleza.
Durante un segundo, incluso admiré la precisión del guion. No hablaba de dejarme. Hablaba de sacrificarse por nosotros. No quería mi ruina; quería “protegernos”. No me desechaba; me pedía confianza.
Qué elegante podía sonar la traición cuando la ensayaba un hombre acostumbrado a mentirle a una esposa enamorada.
Me solté la mano con suavidad.
—¿Y qué tendría que firmar?
Vi el alivio inmediato en su cara. Tan claro, tan rápido, que casi me dio vergüenza ajena. Creyó que ya había ganado.
—Unos papeles sencillos —dijo—. Mi abogado puede tenerlos listos mañana. Solo para separar responsabilidades. Nada más.
—¿Y después?