Hijos echan a sus padres bajo la lluvia… pero el anciano escondía una herencia millonaria.

—Hijo, la casa… se quemó. Lo perdimos todo. No tenemos a dónde ir —sollozó Carmen, intentando acercarse para abrazarlo.

Daniel dio un paso atrás, como si sus padres fueran contagiosos. Su mente, deformada por el dinero y la sospecha, maquinó lo impensable.

—Qué conveniente, ¿no? —dijo con una risa seca y cruel—. Llevamos meses pidiéndoles que vendan el terreno, se niegan, y de repente, ¡puf!, la casa se quema. ¿Qué quieren? ¿Dinero para reconstruirla? ¿Chantaje emocional? No pueden entrar así, van a ensuciar la alfombra y Lorena se pondría furiosa si los ve. Vayan a un hotel.

Y antes de que Fernando pudiera articular palabra, la puerta de roble macizo se cerró en sus narices. El sonido del cerrojo girando fue más doloroso que el fuego que había consumido su hogar.

El rechazo fue un golpe físico. Caminaron bajo la lluvia, arrastrando los pies, sin poder creer lo que acababa de pasar. “Quizás Daniel estaba estresado, quizás no entendió”, se decían para consolarse, negándose a aceptar la maldad de su propio hijo.

Fueron al lujoso edificio de apartamentos de Mónica. El portero, tras llamar al penthouse, les transmitió el mensaje con vergüenza ajena: “La doctora dice que tiene cirugías muy importantes mañana temprano y necesita descansar. Dice que no puede atender dramas ahora, que busquen un refugio del gobierno”.

Fueron a casa de Sebastián. Él ni siquiera abrió. Les gritó desde el interfono que estaba en medio de una crisis creativa y que su “energía negativa” le arruinaría la obra.

Finalmente, con las últimas fuerzas, llegaron a la casa de Gabriela, la menor, la niña de los ojos de Fernando. Ella abrió la puerta una rendija, con los ojos llenos de miedo.

—Papá, mamá… por favor, váyanse —susurró llorando—. Eduardo está muy enojado por lo de la herencia. Si los dejo entrar, dijo que me pediría el divorcio. No puedo… perdónenme.

Y cerró.

A las cuatro de la mañana, Carmen y Fernando estaban solos en el mundo. Dos ancianos que habían dado su sangre para que esos cuatro seres tuvieran esas casas, esas carreras, esas vidas, ahora eran desechados como basura en la acera mojada. Fernando, cuyo corazón ya estaba debilitado, no pudo más. Sus piernas fallaron y colapsó sobre el pavimento, jadeando, con el pecho oprimido.

—¡Ayuda! ¡Por favor, ayuda! —gritó Carmen, arrodillada en el barro, abrazando la cabeza de su esposo, mezclando sus lágrimas con la lluvia—. ¡Se muere, mi viejo se muere!