La lluvia azotaba los adoquines de San Rafael con una furia antigua, como si el cielo hubiera decidido purgar la ciudad de sus pecados esa misma noche. No era una lluvia cualquiera; era una cortina de agua helada y densa que borraba los contornos de los edificios y convertía las calles en ríos oscuros. En una pequeña casa de madera, que crujía bajo el peso de la tormenta, Carmen y Fernando compartían un silencio cargado de angustia, el tipo de silencio que solo conocen dos personas que han caminado juntas por más de cincuenta años y que ya no necesitan palabras para leerse el alma.
Fernando miraba sus manos, unas manos enormes, callosas y deformadas por décadas de trabajar la madera, de lijar, de cortar, de construir sueños para otros. Carmen, sentada en su vieja mecedora, frotaba sus ojos cansados, esos que habían perdido la nitidez tras miles de noches cosiendo ajuares y remendando uniformes bajo la luz tenue de una lámpara barata. Todo lo que eran, todo lo que tenían, se resumía en esa pequeña casa y en el orgullo inmenso de haber criado a cuatro hijos que hoy eran “alguien” en la vida. Daniel, el ingeniero civil de renombre; Mónica, la doctora respetada; Sebastián, el artista vanguardista; y Gabriela, la arquitecta de moda. Cuatro títulos universitarios colgados en la pared desconchada de la sala, cuatro trofeos conseguidos a base de hambre, de renunciar a vacaciones, de usar la misma ropa durante años y de ignorar sus propios dolores corporales.
