Sin embargo, el éxito de sus hijos había traído consigo una sombra que Carmen y Fernando se negaban a nombrar en voz alta: el olvido. Las visitas de los domingos se habían transformado en llamadas apresuradas una vez al mes. Los besos se habían vuelto fríos, distantes. Y últimamente, esa distancia se había tornado en algo más oscuro: codicia. La vieja casa familiar estaba asentada en un terreno que, con el paso de los años, se había revalorizado enormemente. Sus hijos ya no veían en esas paredes el hogar donde aprendieron a caminar; veían signos de dólar. La presión para que vendieran y se fueran a un asilo era constante, hiriente y cada vez más agresiva. Pero esa noche, mientras el viento aullaba afuera, Carmen sintió un escalofrío que no venía del frío de la tormenta, sino de un presentimiento atroz. Apretó la mano de Fernando, sin saber que en cuestión de horas, el destino les arrebataría lo poco que les quedaba para arrojarles a la cara la verdad más dolorosa que un padre puede soportar.
El reloj marcaba las dos de la madrugada cuando el olor a quemado los despertó. No fue un aviso gradual, sino un golpe de realidad. Un cortocircuito en la vieja instalación eléctrica, vieja y cansada como ellos, había desatado una bestia de fuego en la cocina. Las llamas, alimentadas por la madera seca y los recuerdos de papel, avanzaron con una voracidad aterradora.
—¡Carmen! ¡Sal, rápido! —gritó Fernando, arrastrándola de la cama mientras el humo negro llenaba la habitación, asfixiando sus gritos.
Salieron a la calle apenas con lo puesto: él con su pijama desgastado y ella con un camisón fino, descalzos sobre el asfalto helado. No pudieron salvar nada. Ni las fotos de la boda, ni la vieja caja de herramientas de Fernando, ni la máquina de coser de Carmen. Vieron, abrazados y temblando bajo el diluvio, cómo su vida entera se convertía en cenizas y escombros humeantes mientras las sirenas de los bomberos llegaban demasiado tarde.
Cuando el fuego se extinguió, solo quedó el esqueleto negro de la casa. Un bombero se les acercó, con la mirada compasiva, y les dijo que la estructura era inestable, que no podían quedarse ahí. Estaban en la calle, empapados, en estado de shock y sin un centavo en los bolsillos, pues la cartera de Fernando se había quemado en la mesa de noche.
—Vamos con los muchachos, vieja —dijo Fernando, con la voz rota por el humo y el llanto contenido—. Es una emergencia. Ellos entenderán. Ellos nos ayudarán.
Con los últimos billetes arrugados que Carmen guardaba en el bolsillo de su bata por costumbre, pararon un taxi. El trayecto hacia la exclusiva urbanización de Daniel, el mayor, se sintió eterno. Al llegar frente a la mansión, con sus luces de jardín perfectamente cuidadas, sintieron un alivio momentáneo. Fernando tocó el timbre con urgencia, temblando violentamente por el frío.
La puerta se abrió y apareció Daniel, enfundado en una bata de seda, con cara de fastidio por la interrupción de su sueño. Al ver a sus padres, sucios de hollín, mojados y llorando, su expresión no fue de horror, sino de molestia.
—¿Qué hacen aquí a esta hora? —espetó, bloqueando la entrada.