Porque por dentro Isabella sentía que le habían arrancado las paredes internas y las habían vuelto a colocar en otro orden.
Vio por la ventana cómo sacaban a Marcus esposado.
No sintió placer.
Tampoco venganza.
Sintió cansancio.
Del que entra hasta los huesos.
El coche se abrió y entraron sus hermanos uno por uno. Aiden adelante. Grayson en el asiento del copiloto. Miles a su lado atrás, abrazándola en cuanto se sentó.
Permanecieron en silencio largo rato.
Ninguno tenía prisa por llenar de palabras un dolor que todavía estaba demasiado vivo.
Fue Isabella quien habló primero.
—Lo siento —dijo, y la voz se le quebró enseguida—. Lo siento muchísimo. Ustedes tenían razón. Yo… yo pensé que querían controlarme. Pensé que me estaban impidiendo vivir.
Aiden giró un poco en el asiento.
Sus ojos eran los mismos de siempre, solo más tristes.
—Bella, no necesitamos tu disculpa. Necesitamos que entiendas algo: nunca dejamos de amarte. Ni un solo día.
Isabella cerró los ojos.
Lloró más fuerte.
—Entonces ¿por qué no vinieron? ¿Por qué me dejaron?
Grayson respondió esta vez, con esa calma suya que siempre había sido refugio.
—Porque no queríamos convertirnos en el monstruo que Marcus dijo que éramos. Si te hubiéramos obligado a volver, habrías creído que él tenía razón. Tenías que ver quién era con tus propios ojos, aunque nos partiera en dos mirarte caer.
Miles acarició su hombro.
—No dejamos de vigilar. No dejamos de preguntar. No dejamos de buscar la forma de saber si estabas viva, si estabas segura, si había algo que pudiéramos hacer sin perderte del todo. Sophie nos ayudó todo este tiempo.
Isabella se llevó las manos a la cara.
—Yo los cambié por él.
—No —dijo Aiden con firmeza—. No nos cambiaste. Te engañaron. Eso no te hace estúpida, te hace humana.
—Fui una idiota.
—Te enamoraste de alguien que fingió muy bien —dijo Grayson—. La culpa es de él, no de la parte buena de ti que quiso creer.
El coche seguía apagado.
Afuera el caos continuaba.
Pero adentro, por primera vez en años, Isabella volvió a sentirse hija, hermana, parte de algo que no tenía nada que demostrar para merecer.
—¿Qué pasa ahora? —preguntó al fin.
Aiden le tomó la mano con mucho cuidado, evitando la zona inflamada.
—Ahora vienes a casa.
—No merezco…
—Deja de decir eso —interrumpió Miles—. Te lo mereces todo. Siempre te lo mereciste.
Aiden siguió:
—Te mudas con nosotros hasta que nazca la bebé. Nuestros abogados se encargan de todo. Marcus ya no puede pelearte nada porque su matrimonio contigo queda invalidado por la bigamia. Miles va a controlar a la prensa. Grayson se va a asegurar de que nadie vuelva a acercarse a ti sin permiso. Y yo voy a estar en cada cita médica, si me dejas.
Isabella soltó una risa rota entre lágrimas.
—Van a ser insoportables con mi hija.
—Absolutamente —dijo Miles—. Va a ser la sobrina más malcriada de Chicago.
—Le voy a enseñar a detectar hombres basura a diez kilómetros de distancia —añadió Grayson.
—Y yo le voy a enseñar que el amor de verdad no humilla —dijo Aiden, más bajo.
Isabella apoyó la cabeza en el hombro de Miles.
—Me sentí tan sola ahí adentro…
La confesión salió casi infantil.
Miles cerró más el brazo alrededor de ella.
—Eso es lo que hacen los abusadores. Aíslan. Convencen. Hacen que te sientas culpable por necesitar ayuda. Pero escucha esto bien, Bella: aunque no nos hablaras, aunque nos odiaras, aunque nos hubieras dicho que no querías vernos jamás… nosotros seguíamos a ocho cuadras. Siempre a ocho cuadras.
Esa frase la terminó de romper.
Porque resumía exactamente lo que era el amor de sus hermanos: una vigilancia paciente que no exigía agradecimiento, una presencia contenida para no violentar su libertad, pero lista para incendiar el mundo en el segundo en que ella lo necesitara.
—¿Van a estar cuando nazca? —preguntó después de un rato—. ¿Van a enseñarle que la familia no es una cadena, sino un lugar al que puedes volver?
Aiden sonrió por primera vez en toda la noche.
Una sonrisa pequeña, cansada, real.
—Vamos a estar en todo, Bella.