HUMILLÓ A SU ESPOSA EMBARAZADA EN UNA FIESTA — SEGUNDOS DESPUÉS, LLEGARON SUS HERMANOS BILLONARIOS.

Grayson dio un paso adelante.

—Lo que tú no sabías es que la mitad de sus rutas de transporte dependen de concesiones que están bajo nuestra influencia. Hace cuatro minutos ordené revisar todos esos permisos por posibles incumplimientos ambientales.

Marcus abrió los ojos.

—No pueden hacer eso.

—Ya lo hicimos —respondió Grayson.

—Mi empresa depende de esa inversión.

—Entonces elegiste muy mal a tu enemigo —dijo Aiden.

Pero eso no era todo.

Miles guardó el teléfono en el bolsillo y sonrió apenas, con una amabilidad que daba escalofríos.

—Hablemos de tu empresa, Marcus. Tu firma de consultoría inmobiliaria ha estado operando con una creatividad contable sorprendente. Diecisiete propiedades sobrevaloradas para inflar comisiones. Nueve pagos no declarados por parte de vendedores. Tres inmuebles vendidos con daños estructurales que tus clientes jamás conocieron.

—Eso es mentira.

La negación salió demasiado rápido.

Demasiado débil.

—No —dijo Grayson—. Llevamos cinco años investigándote. Desde el día en que te casaste con nuestra hermana. Sabíamos que eras sucio. Solo nos faltaba el momento en que Isabella dejara de protegerte para poder destruirte sin destruirla a ella.

Marcus ya no sabía dónde mirar.

—¿Qué van a hacer?

Aiden lo miró con una serenidad espantosa.

—Quitarte todo.

Cada palabra cayó con la precisión de una sentencia.

—Tus licencias comerciales ya están bajo revisión. Tus principales clientes recibieron hace diez minutos un informe completo sobre tus prácticas fraudulentas. Tus cuentas están congeladas por una investigación tributaria. Y el Colegio de Ética Empresarial de Chicago abrirá expediente en las próximas horas.

Marcus retrocedió hasta chocar con una mesa.

—No… no pueden.

—Podemos y lo estamos haciendo.

Entonces, como si aquello no fuera ya suficiente, Grayson añadió:

—Y eso sin contar Miami.

El nombre cayó como un cuchillo.

Marcus se quedó inmóvil.

—Jennifer Cortez —continuó Grayson—. Dos hijos. Tres y cinco años. Una segunda familia sostenida durante seis años. Lo que te convierte, además de fraudulento, en bígamo.

Las exclamaciones del salón fueron esta vez abiertas. Ya no había glamour, solo horror.

Scarlet dio un paso hacia atrás.

Aiden se giró hacia ella.

—Y tú, Scarlet Hayes. Harvard. Morrison & Lee. ¿Sabía tu firma que estabas manteniendo una relación con un cliente casado? ¿Sabían que lo ayudabas a ocultar activos antes del divorcio? ¿Sabían que usaste correos corporativos para coordinar fraude patrimonial?

Scarlet intentó hablar, pero la voz se le rompió.

—No pueden probar nada.

Miles casi sintió lástima.

—Aiden es dueño de la empresa que desarrolló el sistema de encriptación que creías seguro. Tenemos todo.

Ella miró a Marcus buscando auxilio.

Marcus ya estaba hundiéndose solo.

Y justo entonces las puertas se abrieron otra vez.

Dos agentes del FBI.
Tres policías de Chicago.

El salón completo contuvo el aire.

—Marcus Drake —dijo uno de los agentes—, queda arrestado por bigamia, fraude y evasión fiscal.

Lo esposaron ahí mismo.

Marcus se quebró entonces de verdad.

Ya no era el hombre brillante del salón.
Ya no era el esposo infiel celebrando su triunfo.
Ya no era el amante admirado por Scarlet.

Era un hombre aterrado.

—Esperen… por favor… puedo arreglarlo… hablaré con Isabella… le daré lo que quiera… solo deténganlos…

Aiden se acercó hasta quedar a muy poca distancia de él.

—La humillaste en público. Hiciste que una mujer embarazada se sintiera sola, ridícula e insignificante. Y lo hiciste porque estabas convencido de que nadie iba a defenderla.

Los agentes tiraron de Marcus, pero Aiden aún alcanzó a decirle una última cosa, casi en un susurro:

—Mi hermana nunca estuvo sola. Solo tuvo la mala suerte de olvidarlo por un tiempo.

A Scarlet se la llevaron también.

Cuando el eco de los pasos y las esposas se perdió en el pasillo, Aiden se volvió hacia los invitados.

El silencio que cayó entonces fue peor que cualquier grito.

—Todos ustedes vieron a una mujer ser humillada —dijo—. Algunos se rieron. Otros grabaron. Ninguno intervino. Así que escúchenme bien: a partir de mañana, todos los medios de esta ciudad van a contar la verdadera historia de Isabella. Y si alguno de ustedes intenta encubrir, suavizar o deformar lo que ocurrió aquí, va a descubrir lo incómodo que puede volverse este mundo cuando la familia Harrington decide que alguien dejó de ser neutral.

Nadie respondió.

No hacía falta.

—Ahora váyanse de mi hotel.

Afuera, dentro del coche de Aiden, Isabella estaba envuelta en una manta térmica y sostenía con ambas manos una botella de agua que ni siquiera había empezado a beber. La doctora Chen acababa de revisarla y había confirmado que la bebé estaba bien. Había un moretón en la mano. Algo de tensión, mucho agotamiento, demasiado shock. Nada irreversible.

Físicamente.