No caminaron deprisa.
No hicieron un espectáculo.
No levantaron la voz.
Simplemente avanzaron.
Y la gente se apartó.
Isabella dejó de respirar por un segundo. No necesitó verles el rostro para saber quiénes eran. Conocía la forma de caminar de sus hermanos como quien conoce los sonidos de su infancia. Aunque hubieran pasado cinco años. Aunque ella misma se hubiera encargado de levantar muros.
Aiden Harrington iba al frente.
Alto, fuerte, con el traje negro impecable y el tipo de rostro que parecía tallado a golpes de disciplina y rabia contenida. Pero cuando sus ojos encontraron a Isabella, empapada, temblando, abrazándose el vientre en medio del salón, algo en su expresión se quebró. La furia no desapareció. Se transformó. Se volvió más peligrosa precisamente porque debajo de ella apareció el dolor.
Grayson venía a su lado, más contenido, más frío. Siempre había sido así. Donde Aiden ardía, Grayson cortaba. Su calma daba más miedo que la rabia del primero. Sus manos iban sueltas a los costados, pero cualquiera que lo conociera sabía que esa quietud significaba peligro inminente.
Miles cerraba la marcha con el teléfono en la mano, escribiendo ya algo que no se veía, pero cuya urgencia resultaba evidente. Era el más silencioso de los tres, el más elegante, el que solía sonreír incluso cuando estaba a punto de destruir a alguien. Y en ese momento no sonreía.
Marcus miró primero a los hombres, luego a la multitud, luego a Scarlet. Todavía no entendía por completo lo que pasaba. Solo intuía que el escenario se le estaba saliendo de control.
Aiden llegó hasta Isabella sin perder un segundo en él.
No habló de inmediato.
Se quitó el saco lentamente, con movimientos tan medidos que parecía estar evitando romperse a sí mismo. Luego se lo colocó sobre los hombros a su hermana, envolviéndola con un calor familiar que a Isabella le recordó de golpe demasiadas cosas: tardes de invierno saliendo del colegio, noches de fiebre, películas vistas en el sofá mientras él la cubría con una manta. El saco olía exactamente igual que antes, como si el tiempo no hubiera podido tocar ciertas memorias.
Isabella alzó la vista y lo vio.
Y entonces lloró de verdad.
—Aiden… —susurró—. Lo siento tanto.
Él le sostuvo la cara un segundo, revisó con una sola mirada la mano hinchada, el estado del vestido, el temblor del cuerpo.
—Ahora no —dijo con una voz que solo era suave para ella—. Primero te saco de aquí.
Grayson ya estaba del otro lado.
—Bella —murmuró, usando aquel apodo que ella no escuchaba desde hacía cinco años—. Vamos.
—No… Marcus…
Aiden giró apenas la cabeza hacia donde estaba él, y la simple dirección de esa mirada bastó para endurecer el aire.
—Marcus no va a tocarte nunca más.
Miles se acercó un momento después.
—La doctora Chen está afuera. Va a revisar a la bebé. Sophie nos llamó hace veinte minutos. Estamos aquí.
Sophie.
Isabella tuvo un pequeño sacudón interno. Había visto a su amiga de la universidad en un rincón del salón, con el teléfono en la mano, y creyó que estaba grabando como todos. No. Sophie había pedido ayuda.
La estaban guiando hacia la salida cuando Marcus por fin reaccionó.
—¿Quién demonios se creen que son? —intentó decir con autoridad, aunque la voz le salió demasiado alta—. Esto es un evento privado. Seguridad.
Nadie se movió.
Miles levantó apenas la vista del teléfono.
—La seguridad ya no responde a tus órdenes.
Marcus frunció el ceño.
—¿Qué?
—Compré el hotel hace tres minutos —dijo Miles, como quien comenta el clima—. Técnicamente, todos aquí trabajan para mí ahora mismo. Incluso tu equipo de seguridad. Te aconsejo ajustar el tono.
Hubo murmullos inmediatos.
Los invitados empezaron a entender quiénes eran esos tres hombres. No por los nombres, que muchos ya conocían, sino por esa clase de poder que no se exhibe porque no necesita hacerlo. Los Harrington no eran nuevos ricos. Eran una familia con influencia real sobre la ciudad, sobre infraestructuras, contratos, medios, inversiones. El tipo de apellido que aparecía en informes, no en revistas de entretenimiento.
Marcus palideció.
Scarlet, por primera vez, soltó el brazo de él.
Aiden se volvió por fin hacia Marcus.
No alzó la voz. No hizo falta.
—¿Sabes quién soy?
Marcus tragó saliva.
—Eres… el hermano de Isabella.
Aiden lo corrigió con una frialdad letal.
—Soy el hermano de Isabella. La mujer a la que acabas de humillar frente a mil personas creyendo que estaba sola.
Nadie respiraba.
—El hermano al que ella echó de su vida porque tú supiste convencerla de que nuestra preocupación era control. El hermano que respetó su decisión incluso cuando lo estaba destruyendo. El hermano que acaba de ver por videollamada cómo tu amante le vaciaba una ponchera sobre la cabeza mientras tú te reías.
Marcus se quedó helado.
—¿Videollamada?
Miles levantó el teléfono.
—La escena se transmitió en directo hace veinte minutos. Un amigo de Isabella nos llamó. Tres millones de personas ya vieron cómo trataste a tu esposa embarazada.
El salón se llenó de un murmullo denso, horrorizado.
Muchos bajaron sus teléfonos.
Otros los escondieron.
Varios empezaron a mirar la salida como si buscaran una forma de desaparecer.
Marcus intentó recuperar el control.
—Esto es ridículo. Tengo abogados. Tengo inversores. Douglas Pembroke está conmigo.
Aiden inclinó apenas la cabeza.
—¿Douglas Pembroke? ¿El hombre que nos odia porque perdimos juntos un proyecto portuario hace dos años? Sí, sabemos exactamente quién es.
La confianza en la cara de Marcus se quebró un poco más.