HUMILLÓ A SU ESPOSA EMBARAZADA EN UNA FIESTA — SEGUNDOS DESPUÉS, LLEGARON SUS HERMANOS BILLONARIOS.

Ni siquiera lo dijo para salvar su orgullo. Lo dijo como quien intenta rescatar un resto de humanidad en alguien que ya no la tiene.
—Soy tu esposa. ¿Cómo puedes permitir esto? ¿Cómo puedes hacérnoslo?
Marcus soltó una carcajada.
No una risa nerviosa.
No una risa de vergüenza.
Una carcajada de hombre que cree estar ganando.
—¿Esposa? —repitió con desdén—. Fuiste útil, Isabella. Eso es todo. Un puente. Una forma elegante de entrar en ciertos círculos, de conseguir ciertos contactos, de parecer respetable mientras construía lo que necesitaba construir. Pero Scarlet… —giró hacia su amante con una satisfacción repugnante— ella sí pertenece a mi futuro. Tú solo eres un error que debí corregir hace mucho tiempo.
La ponchera se inclinó.
El líquido helado cayó sobre Isabella de golpe, arrastrando hielo, fruta cortada y una humillación tan brutal que por un segundo el cuerpo dejó de responderle. Sintió el frío descender por el cuero cabelludo, pegarle el vestido a la piel, correrle por el cuello, por la espalda, por el pecho, hasta empapar por completo la tela que había elegido pensando que, quizá, aún quedaba algo digno que salvar en su matrimonio.
La niña dentro de ella se movió con fuerza, como protestando.
A su alrededor, algunos invitados rieron.
Otros apartaron la vista.
Muchos grabaron.
Nadie se acercó.
Mil personas y ni una sola mano tendida.
Isabella apretó los brazos alrededor del vientre y sintió que las piernas le temblaban. No quería llorar ahí, en medio de todos, pero el llanto ya no era cuestión de voluntad. Era un temblor subiendo desde un lugar antiguo, el mismo lugar donde había guardado durante años todas las dudas que se negó a escuchar.
Scarlet se acercó a Marcus, le pasó los dedos por el cabello y miró a Isabella como si fuese un mueble viejo.
—Mírala —dijo, disfrutando cada sílaba—. Qué patética. ¿De verdad creíste que un hombre como Marcus iba a quedarse con alguien tan ordinaria? ¿Con una mujer que no aporta nada excepto lágrimas y necesidad?
La sala giró un poco.
Isabella sintió el ardor en la cara, el líquido escurriéndole por las pestañas, la náusea del embarazo mezclada con el asco. Quiso decir que sí había aportado. Que había sido ella quien presentó a Marcus a los inversionistas correctos cuando él no era nadie. Que había usado el apellido Harrington para abrirle puertas que jamás se habrían abierto solo por su talento. Que había soportado sus cambios de humor, sus silencios, sus ausencias, sus mentiras pequeñas, luego las grandes, luego las insoportables. Que lo había defendido incluso frente a las personas que más la querían.
Pero en medio de aquella escena la verdad era simple y devastadora: nada de eso importaba ya. Nunca importó del todo para él.
Cinco años antes, sus hermanos habían intentado detenerla.