La amante le arrojó aceite hirviendo a la esposa embarazada, y cuando el médico reconoció a la mujer desaparecida, un secreto de seis años hundió a su esposo frente a todo México, ¿quién era ella realmente…

Cuando llegaron los paramédicos, Clara ya temblaba.

—Quemaduras profundas —dijo uno, tratando de no mostrar horror—. ¿Está embarazada?

—Ocho meses —susurró ella—. Por favor, salven a mi hijo.

La subieron a la ambulancia. Una paramédica le colocó monitores alrededor del vientre. El latido del bebé apareció rápido, demasiado rápido.

—La llevamos al Hospital Santa Lucía —dijo el paramédico—. Tiene la mejor unidad de quemados.

Clara abrió los ojos con pánico.

—No… a ese hospital no.

Pero no había opción.

El Santa Lucía no era cualquier hospital. Era el hospital de su familia. El lugar donde su padre había trabajado hasta morir de un infarto. El lugar que su madre, Regina Arriaga de Robles, dirigía con mano de hierro. El lugar del que Clara se había ido cinco años atrás cuando eligió casarse con Diego contra la voluntad de todos.

La ambulancia avanzó entre sirenas. Clara pidió su teléfono. La paramédica marcó a Diego.

Sonó una vez. Dos. Tres.

Buzón.

—Diego… soy yo… me atacaron. Voy al Santa Lucía. Por favor, contesta.

Pero Diego no contestó.

Y en medio del dolor, Clara entendió algo que llevaba meses evitando aceptar: Diego sabía. Tal vez no sabía que Vanesa, su amante, iba a arrojarle aceite hirviendo, pero sí sabía que esa mujer la odiaba, que la amenazaba, que estaba perdiendo la cabeza por él.

Y no hizo nada.

Cuando las puertas de urgencias se abrieron, Clara sintió que volvía a una vida que había jurado dejar atrás. Enfermeras, camillas, luces blancas, olor a desinfectante. Voces dando órdenes.

—¡Traigan al doctor Herrera! ¡Y avisen a obstetricia!

Una enfermera revisó sus datos.

—Nombre completo.

Clara respiró con dificultad.

—Clara… Clara Suárez.

Se detuvo. Como si negar su apellido en ese momento fuera traicionarse por última vez.

—Clara Robles Arriaga Suárez.

La enfermera levantó la mirada.

—¿Robles Arriaga? ¿Como la familia del hospital?

Clara cerró los ojos.

Ahí terminó su secreto.

Minutos después entró el doctor Esteban Herrera, jefe de urgencias. Tenía el cabello canoso, rostro sereno y una mirada que Clara conocía desde niña. Había sido amigo de su padre.

Al verla, palideció.

—Clara…

Ella quiso esconderse bajo la sábana.

—Doctor Herrera.

Él se acercó sin preguntas innecesarias.

—Primero vamos a salvarte a ti y al bebé. Lo demás después.

Le limpiaron las heridas. Cada roce era una tortura. La especialista en obstetricia, doctora Mariana Ibarra, apareció con un ultrasonido portátil. Clara lloró cuando vio al bebé moverse en la pantalla.

—Está estresado, pero vivo —dijo la doctora—. Tenemos que vigilarlo muy de cerca.

Clara asintió. Lloraba por el dolor, por el miedo y por la vergüenza.

Entonces una administradora entró con cuidado.

—Señorita Robles… ya avisamos a su madre.

Clara sintió que le faltaba el aire.

Regina Arriaga llegó una hora después.

Entró a la unidad de quemados con traje azul marino, perlas discretas, el cabello perfectamente recogido. A sus sesenta y tantos años seguía imponiendo respeto. Pero cuando vio a Clara vendada, embarazada, rota sobre la cama, la máscara de directora se quebró.

—¿Quién le hizo esto a mi hija?

Mi hija.

Clara no escuchaba esas palabras desde hacía cinco años.