El timbre sonó tres veces, seco, desesperado, como si del otro lado hubiera alguien huyendo del mismísimo diablo.
Clara Robles se llevó una mano al vientre. Tenía ocho meses de embarazo, los pies hinchados, la espalda cansada y un sueño que últimamente le caía encima como costal de cemento. Vivía en una casita sencilla en Zapopan, lejos de los apellidos pesados, de los salones de gala, de los pasillos privados del Hospital Santa Lucía, ese imperio médico que su familia había levantado durante tres generaciones.
Ahí, en esa casa de portón blanco y bugambilias secas, Clara ya no era Clara Robles Arriaga, heredera de una red hospitalaria valuada en millones. Era simplemente Clara Suárez, maestra de primaria, esposa de Diego Suárez y futura madre de un niño que pateaba fuerte como si ya tuviera carácter.
El timbre volvió a sonar.
—¡Ya voy! —gritó, acomodándose la bata.
Caminó despacio hasta la puerta. Miró por la mirilla y vio a una mujer joven, de cabello negro recogido, lentes oscuros y vestido caro. Sostenía una olla grande con ambas manos.
Clara abrió apenas.
—¿Se le ofrece algo?
La mujer se quitó los lentes. Tenía los ojos rojos, abiertos de rabia y llanto.
—Tú me lo quitaste todo.
Clara no entendió al principio. Luego vio el vapor salir de la olla. Olía a aceite. Aceite caliente.
—Espere… ¿quién es usted?
—¡Diego es mío!
Todo ocurrió en un segundo.
La mujer levantó la olla y lanzó el contenido hacia ella. Clara alcanzó a girar, cubriéndose el vientre con los brazos. El aceite hirviendo le cayó en la espalda y los hombros.
El grito que soltó no pareció humano. Fue un grito de animal herido, de madre aterrada, de mujer que entiende que el cuerpo se le está incendiando.
Cayó de rodillas sobre el piso del porche.
—Mi bebé… por favor… mi bebé…
La mujer quedó paralizada unos segundos, como si hasta entonces comprendiera lo que acababa de hacer. Después soltó la olla y salió corriendo calle abajo.
Doña Elvira, la vecina de al lado, apareció envuelta en un rebozo.
—¡Clara! ¡Virgencita santa!
La anciana llamó al 911, trajo toallas húmedas, le habló bajito para que no perdiera el conocimiento. Clara apenas podía respirar. El ardor la atravesaba como si le hubieran puesto carbones vivos debajo de la piel. Pero lo que más la asustaba no era el dolor. Era el bebé. Primero había pateado con fuerza. Luego cada vez menos.