La criada encontró un sótano oculto bajo la mansión del multimillonario—Luego escuchó las palabras que la hicieron darse cuenta de que el imperio benéfico estaba construido sobre niñas desaparecidas.

Parte 2
Camila escondió el cuaderno contra su pecho mientras Valentina cerraba la puerta con una calma que daba más miedo que un grito. La señora no negó nada. Al contrario, habló como quien presume una empresa perfecta: Rodrigo movía el dinero, ella elegía a las mujeres vulnerables, los hospitales recomendaban casos, los refugios enviaban listas, ciertos policías limpiaban denuncias y algunos jueces firmaban silencios. Camila sintió náuseas al entender que cada cena benéfica, cada foto con niñas, cada discurso sobre dignidad había sido una red. Valentina le extendió la mano, no para ayudarla, sino para quitarle el cuaderno. Camila arrojó una lámpara de bronce contra el escritorio y corrió. La alarma estalló en toda la mansión. Luces rojas bañaron los pasillos. Los guardias subieron por las escaleras principales mientras ella se metía de nuevo al pasadizo de servicio, raspándose los brazos contra la madera vieja. Podía intentar salir al jardín, pero la puerta estaba rodeada. Entonces recordó a Julián. Si alguien conocía una salida, era el hombre encadenado. Bajó por el montacargas de ropa, cayó sobre el piso de la cava y siguió hasta la puerta metálica del sótano. La abrió con una cuña que Doña Elvira le había dado. Julián levantó la cabeza, débil, con un ojo hinchado y sangre seca en la boca. Camila le mostró el cuaderno. Él entendió sin preguntas. El guardia que cuidaba la entrada apareció con una pistola, pero un apagón provocado por la tormenta dejó el cuarto en tinieblas durante 2 segundos. Julián, aunque encadenado, le trabó el tobillo con la pierna y lo derribó. Camila golpeó la mano del guardia con una bandeja metálica hasta que soltó las llaves. Le temblaban tanto los dedos que tardó en abrir las esposas. Cuando Julián quedó libre, casi cayó encima de ella. No parecía un salvador; parecía un fantasma tratando de caminar. Aun así, señaló un drenaje antiguo detrás del muro, un túnel que salía hacia una calle de servicio. Camila llamó al número guardado en el celular. La agente Ana Beltrán contestó con voz seca, pero al escuchar “Salvatierra”, “Julián vivo” y “cuaderno rojo”, ordenó que no colgara. Ya había unidades cerca, esperando una prueba imposible de enterrar. Camila y Julián avanzaron por el túnel inundado mientras detrás de ellos se escuchaban pasos y gritos. Al salir junto al muro del jardín, un disparo rompió la piedra cerca de la cabeza de Camila. Ella cayó, creyendo que estaba herida. Julián la arrastró bajo la lluvia. Entonces la reja principal explotó con sirenas, camionetas federales y hombres armados entrando a la propiedad. La noche azul de la mansión se volvió roja. Valentina gritó desde un balcón. Rodrigo intentó llamar a alguien, pero por primera vez en su vida nadie le contestó. Camila, cubierta de lodo, levantó el cuaderno rojo frente a la agente Beltrán, y cuando la mujer lo abrió, su rostro cambió como si hubiera visto un cementerio escrito a mano.
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