El gran vestíbulo del Aurora Shopping Center, uno de los centros comerciales más exclusivos de Ciudad de México, brillaba con un lujo casi teatral. Mármol pulido, luces cálidas y escaparates que parecían pequeñas galerías de arte.
Alejandro llegó en un Mercedes negro impecable. Llevaba el brazo alrededor de la cintura de Valeria, su acompañante joven y llamativa, a quien le gustaba exhibir al caminar. Sin embargo, aquel día no había ido a comprar: su verdadero objetivo era mezclarse en el evento de lanzamiento de un socio estratégico y acercarse a quienes movían los hilos del mundo empresarial.
Avanzaba con paso seguro por la zona de boutiques de alta gama cuando, de pronto, se quedó clavado en el sitio.
Un rostro del pasado tras el cristal
Frente a un escaparate con una colección exclusiva, una mujer permanecía quieta. Llevaba uniforme gris sencillo, un paño de limpieza en la mano y el cabello recogido con prisa. Su figura era delgada, discreta… pero había algo imposible de confundir.
La calma en su postura. La serenidad de su mirada. Esa presencia que no necesitaba hacer ruido para notarse.
Alejandro entrecerró los ojos, como si no quisiera creer lo que veía.
—¿Mariana? —murmuró, con el pulso acelerándose.
Al girarse, ella mostró un rostro natural, sin maquillaje. Algunas líneas finas cerca de los ojos, sí, pero una mirada profunda y tranquila, intacta.
Era Mariana. Su exesposa.
Siete años atrás, cuando su carrera empezaba a despegar, Alejandro firmó el divorcio sin titubear. La excusa había sido cruel en su sencillez: que ella era “demasiado simple”, que “iba demasiado lento”, que no encajaba en la imagen que él quería para un director.
Se marchó dejando una casa modesta y cero apoyo. Y ahora, el destino lo ponía frente a ella… trabajando como limpiadora en un lugar donde todo parecía costar una fortuna.