Oleg sacó el monedero del bolso de su madre como si fuera lo más natural del mundo. Sin pedir permiso ni mirar a nadie, deslizó una tarjeta y se la entregó a la dependienta. Mientras tanto, envolvían un brazalete con piedras azules en una cajita de terciopelo, y Tamara Stepánovna giraba la muñeca, fascinada con el brillo frío de aquellas gemas.
El datáfono pitó. La impresora escupió el recibo en una tira blanca. Oleg ni siquiera se fijó en la cifra.
—Mamá, felicidades por adelantado —dijo, y le dio un beso rápido en la mejilla.
Marina permanecía quieta junto al escaparate. No dijo nada cuando Tamara Stepánovna llamó a sus amigas, casi sin aliento de emoción: “¡No te lo vas a creer! ¡Qué hijo tengo, qué regalo!”. Tampoco dijo nada en el coche, cuando Oleg volvió a hurgar en su bolso, esta vez buscando servilletas, como quien rebusca en su propio bolsillo. Y siguió callada durante toda la noche.
Cuando él se durmió, ella tomó una decisión pequeña por fuera, enorme por dentro.
Ya de madrugada, Marina sacó la tarjeta de Oleg de su cartera y la colocó en su propio monedero, justo donde normalmente guardaba la suya. La tarjeta de ella terminó escondida en una cómoda, bajo la ropa interior: un lugar en el que él nunca buscaba. Se tumbó mirando al techo con una sensación extraña, casi tranquila, como si por fin hubiera puesto un límite que llevaba años posponiendo.
Todo había empezado tres semanas antes, con Tamara Stepánovna instalada en su cocina, bebiendo té y midiendo cada palabra como si estuviera leyendo un guion.
—Mi vecina Liuda celebró su aniversario en un restaurante junto al río —comentó—. El barrio entero estuvo hablando de eso toda la semana. Yo no soy de presumir, claro… pero sesenta y cinco años no se cumplen todos los días.
Oleg asentía con una sonrisa automática. Marina cortaba pepino e intentaba no engancharse a la conversación.
—Tiene que ser algo a la altura. Un club a las afueras, música, unos cincuenta invitados. Un día para recordar.
Marina levantó la vista, incapaz de tragarse aquello en silencio.
—Tamara Stepánovna… ¿y quién va a pagar todo eso?
La suegra la miró como si la pregunta hubiera sido una grosería.
—Marinita, ¿qué tienen que ver aquí los números? Somos familia. Además, un aniversario así es una vez cada varios años. Y tú ya estás haciendo cuentas.
—No estoy “haciendo cuentas”. Quiero saber quién se hace cargo.
Oleg se levantó, puso la mano sobre el hombro de Marina y apretó un poco más de lo necesario.
—Luego lo hablamos, ¿sí?
- Una promesa de “luego” que nunca llegaba.
- Un presupuesto que alguien daba por sentado.
- Y una tarjeta que siempre terminaba pagando.
Pero ese “luego” no existió. Dos días después, Marina recibió en el móvil una notificación: un cargo por adelanto del salón del banquete. Llamó a su marido de inmediato.
—¿Qué has hecho?
—Reservé. Mamá lo pidió y solo quedaba esa fecha.
—¿Y te pareció normal no consultarlo conmigo?
—Marina, es mi madre. Entiéndelo.
Claro que lo entendía. Llevaba diez años “entendiendo”. Entendía cuando Oleg llevaba a Tamara Stepánovna a médicos en un coche que había pagado Marina. Entendía cuando la suegra aparecía a cenar cuatro veces por semana porque “en casa del hijo se come mejor”. Entendía los “pequeños” envíos de dinero “para la compra” que ella solo descubría mirando los extractos.
El sueldo de Oleg era simbólico. Los bonos y ascensos de Marina sostenían la casa.
—Es tu madre —dijo ella, con un nudo en la garganta—, pero es mi tarjeta.
—Tú ganas más. ¿Qué te cuesta?
Marina colgó sin responder. Se sentó en el sofá y abrió la calculadora. Sumó lo que había ganado en un año. Restó la hipoteca de un piso a nombre de los dos, pero pagada por ella. Añadió coche, comida, facturas, regalos. Y por último, lo que Oleg había aportado realmente. El número resultó tan pequeño que le dio risa, de esa risa seca que no tiene alegría.
Por la noche, él llegó, calentó la cena y se sentó frente a ella.
—¿Por qué estás tan borde?
—No estoy borde.
—Se te nota.
Marina cerró el portátil y lo observó con calma. Aquel rostro suave que antes le parecía tierno. Esas manos que ya no la buscaban. Y, sobre todo, esa tranquilidad de quien vive convencido de que otros resolverán lo incómodo.
—Oleg, ¿tú sabes cuánto puede costar ese aniversario?
—Bueno… caro. Pero es importante.
—¿Importante para quién?
—Para mamá. Y para mí.
—¿Y para mí?
Él parpadeó, desconcertado.
—¿Qué estás insinuando?
—Que no voy a pagar una fiesta que organizasteis sin preguntarme.
Oleg dejó el tenedor y sonrió con suficiencia.
—¿Y con qué la pago, con mi sueldo? Ya sabes lo que gano.
—Precisamente. Entonces que la celebración sea acorde a lo que podéis pagar.