El aire acondicionado del Mercedes-Benz mantenía una temperatura artificial de 20 grados Celsius, mientras que afuera el calor húmedo de la tarde del viernes era sofocante. Mauricio del Valle, director ejecutivo de Grupo Inversiones Globales, revisaba las acciones en su tableta con la misma frialdad con la que construyó su imperio: sin emociones, solo resultados.
"Señor, el tráfico en Reforma está bloqueado debido a una manifestación. Tendremos que desviarnos por las calles laterales", anunció Roberto, su chófer y jefe de seguridad durante los últimos quince años.
Mauricio ni siquiera levantó la vista.
“Haz lo que tengas que hacer, Roberto. Solo asegúrate de llegar puntual a la cena con los socios japoneses. No toleran la impuntualidad.”
El vehículo blindado negro giró suavemente, entrando en una zona que Mauricio no solía frecuentar. Calles llenas de baches, puestos de comida callejera y el vibrante caos de la vida real, la vida que observaba desde lo alto de su rascacielos en Santa Fe.
El semáforo se puso en rojo en una intersección particularmente concurrida. Mauricio suspiró, bloqueó su tableta y miró por la ventana tintada. Fue en ese instante cuando el tiempo, ese recurso que creía controlar, se detuvo de repente.
En la acera, bajo el toldo desgastado de una tienda de comestibles, había cuatro niñas.
Ni uno, ni dos. Cuatro.
Parecían tener unos nueve años. Vestían ropa que claramente había visto mejores tiempos, demasiado grande o remendada con mucho esmero. Estaban sentados en cajas de plástico, vendiendo chicles y pequeños ramos de flores marchitas. Pero no fue su pobreza lo que conmovió profundamente a Mauricio.
Eran sus rostros.
Eran idénticas. Cuatro gotas de agua. Y no solo eran idénticas entre sí; también eran idénticas a ella.
Tenían el mismo cabello castaño ondulado que brillaba al sol. La misma forma delicada de la barbilla. Y cuando uno de ellos alzó la vista hacia el lujoso auto, Mauricio sintió una punzada en el pecho: esos ojos. Eran sus ojos. Un verde esmeralda intenso, salpicado de oro, una rareza genética que solo poseía la familia Del Valle.
—Roberto, detén el auto —ordenó Mauricio. Su voz sonaba extraña, ronca—.
Señor, estamos en el semáforo en verde, no puedo...
—¡Detén el maldito auto! —gritó con tanta urgencia que el conductor se detuvo en seco, orillándose bruscamente a un lado de la carretera.
Mauricio bajó la ventanilla. El aire caliente y el ruido de la calle entraron a raudales. Las chicas dieron un respingo. La que parecía ser la líder se puso de pie, protegiendo a las otras tres con su pequeño cuerpo.
—¿Quiere un chicle, señor? —preguntó la niña. Su voz... tenía ese mismo tono musical que había intentado olvidar durante una década.
Mauricio se quitó las gafas de sol. Las chicas lo miraron con curiosidad, pero sin reconocerlo. Él escudriñó sus rostros en busca de algún rastro de engaño, pero solo encontró una verdad irrefutable.
Hace diez años. El recuerdo le golpeó como una ola de ácido.
Él había echado a Victoria de la villa. La había sacado a rastras de su vida, acusándola del peor pecado que un hombre podía cometer: la traición. Los médicos le habían asegurado que era estéril, que era imposible que él tuviera hijos. Cuando Victoria llegó, radiante de alegría, con los resultados de su embarazo múltiple en las manos, él vio en esa felicidad la prueba irrefutable de su infidelidad.
—¡Vete! —le gritó mientras ella lloraba en el suelo, agarrándose el estómago—. ¡No quiero volver a ver a esos bastardos ni a ti nunca más! ¡Si te vuelvo a ver, te destruiré!
Se marchó sin pedir ni un céntimo, con la dignidad hecha añicos y la promesa de que se arrepentiría. Nunca la contactó. Se convenció a sí mismo de que era la víctima.
Y ahora, cuatro pares de ojos verdes, sus ojos, lo miraban fijamente desde la acera de una calle olvidada.
—¿Cómo… cómo se llaman? —preguntó con la garganta anudada.
—Soy Valentina —dijo la líder—. Ellas son Mia, Sofía y Lucía.
—¿Y tu madre? —La pregunta le dolió en la lengua.
Las chicas intercambiaron una mirada de profunda tristeza. Valentina bajó la mirada, aferrando su paquete de chicles—.
Mamá no está aquí ahora. Está… trabajando.
—¿Dónde?
—En la cárcel —susurró la más pequeña, Lucía, antes de que su hermana pudiera callarla.