La estudiante se subió por error a un coche ajeno y ni siquiera sospechaba que pertenecía a un multimillonario.

La estudiante se subió por error a un coche ajeno y ni siquiera sospechaba que pertenecía a un multimillonario.

Aquella noche, Helena se sostenía apenas con sus últimas fuerzas.

Dos turnos seguidos en la cafetería de la universidad, preparación para tres exámenes finales de administración de empresas y solo unas pocas horas de sueño en dos días.

Cuando alrededor de las once de la noche vio un coche negro junto a la biblioteca de la universidad, decidió que era su taxi.

Ni siquiera comprobó la matrícula: simplemente abrió la puerta trasera y se dejó caer en el asiento.

El interior resultó sospechosamente lujoso: cuero suave, silencio perfecto y un sutil aroma a perfume caro.

Pero el cansancio había adormecido su cautela.

Cerró los ojos solo por un instante y cayó profundamente dormida.

La despertó una tranquila voz masculina con una ironía apenas perceptible:

—¿Siempre elige coches ajenos para descansar o hoy he tenido una suerte especial?

Helena se incorporó bruscamente.

A su lado estaba sentado un hombre con un traje impecable.

Sus ojos oscuros la observaban con atención y en sus labios jugaba una leve sonrisa.

—Por cierto, estuvo durmiendo unos veinte minutos —añadió él—.

—Y roncó un poco.

Ella sintió cómo se sonrojaba.

Su mirada recorrió el interior: panel táctil, acabados de madera natural, minibar integrado.

—Usted no es el conductor…

—No.

—Soy el dueño.

—Me llamo Gabriel Albuquerque.

El nombre no le dijo nada, pero en su voz se oía la seguridad de un hombre acostumbrado al poder.

Helena se disculpó apresuradamente y estiró la mano hacia la manija de la puerta.

—Ya es tarde —observó él—.

—Permítame al menos llevarla a casa.

Quiso negarse, pero la ciudad nocturna no le inspiraba confianza.

El coche arrancó suavemente.

Por el camino, la conversación giró en torno a su vida: estudios, trabajos de medio tiempo, cansancio crónico.

—No se puede vivir así —dijo él con calma—.

—Se está agotando.

Frente a su modesta casa, él le propuso de manera inesperada:

—Necesito una asistente personal.

—Alguien que ponga orden en mi agenda y en mis asuntos.

—Horario flexible, buena paga.

—Creo que esto le convendría más que los turnos interminables.

—No necesito compasión —respondió ella con firmeza.

—No es compasión.

—Es una oferta de trabajo.