La Mesera Cantó el Aria Prohibida y el Jefe Criminal Entendió Que Su Imperio Acababa de Derrumbarse

PARTE 2: jefe de meseros, rozando el brazo de Valeria.
“Mesa principal.
Champagne.” Ella respiró hondo y caminó.
Dante estaba sentado en el centro de una mesa larga, rodeado de personas que reían antes de que el chiste terminara.
A su derecha estaba Camila Serrano, una actriz famosa que fingía ser su novia.
A su izquierda, el senador Lucio Aranda, un hombre que debía favores hasta con su sombra.
Valeria se acercó para servir.
Mantuvo la vista baja, como le habían enseñado.
En lugares así, una mesera no debía existir más de lo necesario.
Pero Dante la vio.
No fue una mirada casual.
Fue lenta, calculadora.
Como si algo en su rostro hubiera despertado un recuerdo incómodo.
“¿Cómo te llamas?”, preguntó.
El salón pareció bajar el volumen.
“Valeria, señor.” “¿Valeria qué?” Ella sintió que la bandeja le pesaba más.
“Valeria Ríos.” La copa de Dante se quedó suspendida en el aire apenas un segundo.
Casi nadie lo notó.
Pero ella sí.
“Ríos”, repitió él, saboreando el apellido.
“Qué curioso.” Camila soltó una risa ligera.
“¿Ahora también interrogas al servicio, Dante?” Él no le hizo caso.
“¿Sabes cantar, Valeria?” Algunos invitados se miraron entre sí.
Valeria sostuvo la bandeja con ambas manos.
“No vine a cantar, señor.
Vine a trabajar.” La respuesta provocó un silencio breve.
Demasiado valiente para una mesera.
Demasiado directa para un hombre como él.
Dante sonrió.
“Eso no responde mi pregunta.” Valeria sintió que algo se cerraba a su alrededor.
Sabía que debía alejarse.
Sabía que cualquier prudencia le habría ordenado pedir permiso y regresar a la cocina.
Pero llevaba años esperando tenerlo enfrente.
Años imaginando qué sentiría cuando por fin pudiera mirar a los ojos al hombre que le arrebató la infancia.
“Cantaba mi madre”, dijo ella.
“¿Y tú heredaste su voz?” El senador rió.
“Dante, déjala en paz.
La vas a asustar.” Pero Dante ya había decidido jugar.
Se puso de pie con una elegancia teatral y golpeó suavemente su copa con un cuchillo.
El sonido cristalino atrajo todas las miradas.
“Amigos”, anunció.
“Esta noche vamos a hacer algo diferente.
Nuestra joven mesera dice que su madre cantaba.
Así que quiero escucharla.” Valeria no había dicho eso exactamente, pero nadie la defendería.
“Dante, qué cruel eres”, dijo Camila, divertida.
“La pobre se va a morir de pena.” Él levantó una mano.
“No.
Quiero proponerle algo justo.
Si esta muchacha logra cantar el aria que yo elija, aquí, delante de todos, le daré lo que quiera.” Los invitados comenzaron a murmurar.
Algunos sacaron sus teléfonos.
Otros se acomodaron como si estuvieran por ver un espectáculo gracioso.
Dante la miró fijo.
“De hecho, lo haré más interesante.
Si puedes cantar esta aria, me casaré contigo.” La sala explotó en risas.
Valeria permaneció inmóvil.
Camila se llevó una mano al pecho, fingiendo escándalo.
“¡Dante, por favor!
No puedes prometer matrimonio por una canción.” “Claro que puedo”, respondió él.
“Soy un hombre de palabra.” Nadie allí creía eso, pero todos rieron.
Dante hizo una seña.
Un pianista del restaurante, confundido, se acercó...