La niña llamó en secreto a su padre: “¡Te está robando tus cosas!”. El jefe de la mafia hizo lo impensable…

Parte 1

Lucía tenía apenas 7 años cuando se escondió dentro del clóset de su padre adoptivo con un celular robado entre las manos y el corazón golpeándole tan fuerte que parecía querer salirse de su pecho.

Afuera, la tormenta caía sobre la Ciudad de México como si el cielo también supiera que aquella casa de Las Lomas estaba a punto de romperse en 2.

La niña era pequeña, morena, de ojos enormes y trenzas apretadas con listones azules. No se parecía en nada a Esteban Salazar, el hombre que la había adoptado 3 años atrás, pero para ella era su papá.

Esteban era temido en todo México. Algunos lo llamaban empresario, otros lo llamaban fantasma, y los que sabían demasiado preferían no llamarlo de ninguna forma. Había levantado hoteles, constructoras, bodegas, fundaciones y acuerdos políticos que nadie podía explicar, pero bastaba con escuchar su apellido para que los hombres poderosos bajaran la voz.

Sin embargo, Lucía no conocía al monstruo que todos temían. Ella solo conocía al hombre que le preparaba chocolate caliente cuando tenía pesadillas, el que la cargaba en hombros en el jardín y el que cada noche le decía:

—Si alguna vez estás en la oscuridad, mi niña, llámame. Yo regreso por ti.

Pero Esteban llevaba 14 meses fuera del país. Una investigación federal por lavado de dinero y corrupción lo había obligado a quedarse en Madrid mientras sus abogados limpiaban su nombre.

Antes de irse, dejó su mansión bajo el cuidado de Renata Ibáñez, su prometida, una mujer elegante, rubia, de sonrisa perfecta y vestidos que brillaban más que su corazón.

Frente a Esteban, Renata acariciaba el cabello de Lucía y decía que la amaba como a una hija. Pero apenas el avión privado cruzó el Atlántico, la máscara cayó.

Lucía dejó de comer en el comedor principal. Las nanas cambiaban cada semana. Sus juguetes fueron guardados en cajas. Su cuarto fue movido al fondo del pasillo, lejos de las habitaciones principales. Renata organizaba cenas con políticos, empresarios y periodistas, mientras la niña aprendía a caminar sin hacer ruido.

Aquella noche de octubre, un trueno despertó a Lucía. Tenía miedo y quiso entrar al despacho de Esteban para ver la foto que tenían juntos sobre el escritorio: ella riendo sobre sus hombros, él con una sonrisa que nadie más en el mundo había visto.

Apenas entró, escuchó voces en el pasillo. Se metió debajo del escritorio justo cuando la puerta se abrió.

Renata entró con Mauricio Rivas, el asesor financiero de Esteban. Sus zapatos caros resonaron sobre la madera.

—La transferencia de las 8:00 salió limpia —dijo Mauricio, dejando una carpeta sobre el escritorio—. Ya desviamos 38 millones a las cuentas de Zúrich. Pero si Esteban revisa los libros aunque sea 5 minutos, se dará cuenta.

Renata soltó una risa fría.

—Esteban no va a revisar nada. Sus abogados dicen que seguirá atrapado en Madrid hasta febrero. Para cuando vuelva, Mauricio, tú y yo estaremos en Mónaco con identidades nuevas.

Lucía apretó la boca con sus 2 manos. No entendía todo, pero entendía algo: estaban robándole a su papá.

—¿Y la niña? —preguntó Mauricio—. Si la dejas aquí, puede hablar.