Renata caminó hacia la ventana. Su reflejo parecía hermoso, pero su voz sonó como vidrio roto.
—Lucía no es nadie. Es la hija de un muerto que Esteban recogió por culpa. Mañana, durante la gala de la fundación, una trabajadora social vendrá por ella. Ya firmé los papeles de abandono. Después la mandan a un albergue lejos de aquí.
Lucía sintió que el piso se hundía.
Ella recordaba el albergue donde estuvo antes de que Esteban la encontrara. Recordaba las camas frías, los niños llorando, las manos ajenas jalándola del brazo.
—¿Y si Esteban la busca? —insistió Mauricio.
Renata respondió sin temblar:
—Para cuando la busque, nadie sabrá dónde terminó. Y si pregunta, diremos que se escapó.
Cuando salieron del despacho, Lucía esperó varios minutos antes de moverse. Sus piernas temblaban. En el sillón, Renata había olvidado un celular pequeño, uno de esos que usaba para llamadas secretas.
Lucía lo tomó.
Corrió a su cuarto, cerró con llave y se metió al clóset. Entre abrigos enormes, marcó el número que Esteban le obligó a memorizar.
El teléfono sonó 2 veces.
—Habla —dijo una voz grave al otro lado.
Lucía lloró en silencio.
—Papá… soy yo.
A miles de kilómetros, Esteban Salazar se quedó inmóvil frente a una ventana de Madrid.
—Lucía, ¿por qué estás susurrando?
—Papá, vuelve. Renata está robando todo. Ella y Mauricio dijeron 38 millones. Y mañana me van a mandar a un albergue. Por favor, no dejes que me lleven.
Hubo un silencio tan profundo que Lucía pensó que la llamada se había cortado. Luego, Esteban habló con una calma que daba miedo.
—Cierra tu puerta con llave. No comas nada que Renata te dé. No salgas de tu cuarto.
—¿Vas a venir?
La voz de Esteban cambió. Ya no era la voz del empresario. Era la voz del hombre que había hecho temblar a medio país.
—Ya voy por ti, hija.
Parte 2
Esteban no avisó a sus abogados, no llamó a su piloto y no usó su avión privado.
Si Renata o Mauricio veían su nombre en cualquier registro, adelantarían la fuga y Lucía desaparecería.
En menos de 2 horas, usando una identidad legal que nadie asociaba con él, subió a un vuelo comercial rumbo a México. Durante las 11 horas de viaje no cerró los ojos.
Pensó en Renata, a quien había sacado de deudas, vestido de diamantes y sentado junto a él en las mesas donde nadie entraba sin permiso. Pensó en Mauricio, el hombre que conocía sus cuentas mejor que nadie.
Pero, sobre todo, pensó en Lucía escondida en un clóset, creyendo que quizá su padre no llegaría a tiempo.
Cuando aterrizó en el Aeropuerto Internacional de la Ciudad de México, una camioneta negra lo esperaba bajo la lluvia. Dentro estaba Víctor Olmedo, su hombre más leal, enorme, serio, con una cicatriz que le cruzaba la ceja.
—Jefe —dijo Víctor—. Si la fiscalía se entera de que pisó México, van a venir por usted.
—Que vengan después —respondió Esteban—. Primero dime dónde está mi hija.
Víctor le entregó una carpeta.
—La niña sigue en Las Lomas. Renata estará esta noche en la gala de la Fundación Salazar en el Hotel Imperial Reforma. Pero dejó a Lucía con una supuesta trabajadora social. Revisamos las placas. Esa mujer no trabaja para el gobierno. Está ligada a una red ilegal de adopciones.
Esteban no gritó. No golpeó el vidrio. Solo cerró la carpeta con una lentitud terrible.
—Renata no iba a abandonarla —dijo—. Iba a venderla.