Víctor bajó la mirada.
—¿Órdenes?
Esteban miró las luces mojadas de la ciudad por la ventana.
—Tú vas por Lucía. No me llames hasta tenerla en tus brazos. Nadie toca a mi hija.
—¿Y usted?
—Yo voy a la gala. Renata quiere despedirse de México sonriendo frente a las cámaras. Vamos a darle público para su caída.
A las 8:00 de la noche, el salón principal del Hotel Imperial Reforma brillaba como una mentira cara. Había políticos, actrices, empresarios y periodistas.
Renata caminaba entre ellos con un vestido verde esmeralda, un collar de diamantes y una sonrisa perfecta. Mauricio, pálido y sudoroso, miraba su reloj cada minuto.
Faltaban 15 minutos para que saliera la última transferencia: 4 millones más de una cuenta llamada Horizonte Capital.
En la calle, dentro de la camioneta, Esteban esperaba un mensaje. Sus dedos no temblaban, pero por dentro algo se rompía con cada segundo.
A las 8:52, el celular vibró. Era Víctor.
“La tengo. Está a salvo. Pregunta por usted.”
Esteban cerró los ojos. Respiró una sola vez. Luego abrió la puerta y entró al hotel empapado por la lluvia, seguido por 4 hombres de traje negro.
No se escondió. Caminó por el pasillo principal como quien regresa a una casa que nunca dejó.
En el salón, Renata subió al escenario y golpeó suavemente una copa con una cuchara.
—Gracias por acompañarme esta noche —dijo al micrófono—. En estos tiempos difíciles, mientras Esteban enfrenta injusticias en el extranjero, yo he intentado cuidar su legado con amor y lealtad.
Las puertas del salón se abrieron de golpe.
El sonido fue tan fuerte que la música se detuvo. Todos voltearon.
Esteban estaba en la entrada, con el abrigo negro goteando sobre la alfombra y los ojos puestos en Renata.
La copa se le resbaló de la mano y se estrelló contra el suelo.
Esteban caminó hacia el escenario mientras la gente se apartaba. No levantó la voz. No hizo falta.
—No pares por mí, Renata —dijo—. Cuéntales también qué hiciste con mi dinero. Y, sobre todo, cuéntales qué pensabas hacer con mi hija.
Parte 3
Renata quedó inmóvil. El maquillaje, la luz y los diamantes ya no podían sostenerla.
Mauricio intentó escapar hacia una puerta lateral, pero 2 hombres de seguridad del hotel lo detuvieron antes de que cruzara el pasillo.
Esteban subió al escenario despacio. Cada paso parecía una sentencia.
—Esteban —balbuceó Renata—, mi amor, no entiendes. Todo esto es por ti. Mauricio me asustó. Dijo que el gobierno iba a congelar tus cuentas, que teníamos que proteger lo nuestro.