—¿Lo nuestro? —preguntó él, mirando el salón lleno—. ¿También era nuestro el albergue donde querías mandar a Lucía? ¿También era nuestro el dinero que pagaste para que una desconocida se la llevara?
Renata negó con la cabeza, llorando sin lágrimas verdaderas.
—Ella entendió mal. Es una niña.
—Es mi hija —dijo Esteban, y su voz apagó cualquier murmullo—. No vuelvas a hablar de ella como si fuera un estorbo.
Sacó su teléfono y presionó una tecla.
La voz de una mujer sonó por el altavoz. Era Clara Méndez, la abogada principal de Esteban.
—La reversión está completa. Los 38 millones regresaron a las cuentas originales. La transferencia de 4 millones fue cancelada. Las cuentas personales de Renata Ibáñez y Mauricio Rivas quedaron congeladas por orden judicial.
Renata soltó un grito ahogado. Su futuro en Europa, sus joyas, su casa nueva, sus documentos falsos, todo se había convertido en ceniza frente a la élite que minutos antes la aplaudía.
Pero Esteban no había terminado.
Las puertas del salón se abrieron otra vez. Entraron agentes federales con chalecos oscuros. Los invitados retrocedieron aterrados.
Renata miró a Esteban con odio y miedo.
—Tú no puedes entregarme. Si hablo, te hundo conmigo.
Esteban se inclinó apenas hacia ella.
—Pasé 14 meses en Madrid negociando con quienes querían mi cabeza. Les di algo mejor: el verdadero esquema financiero, las rutas de Mauricio y tus contratos falsos. Tú creíste que yo estaba escondido. No, Renata. Estaba limpiando mi nombre.
Los agentes esposaron a Mauricio primero. Él lloraba y gritaba que todo había sido idea de Renata. Luego se llevaron a ella.
Al pasar junto a Esteban, intentó tocarle el brazo.
—Yo te amaba.
Él ni siquiera la miró.
—No. Amabas lo que podías robarme.
Esteban salió del hotel sin quedarse a escuchar los gritos, ni las cámaras, ni los murmullos.
Afuera, la lluvia se había vuelto suave. Al subir a la camioneta, dejó de ser el hombre temido por todos.
En el asiento trasero, envuelta en una manta, Lucía lo miraba con los ojos hinchados de tanto llorar.
Durante un segundo ninguno habló.
Luego la niña se lanzó a sus brazos.
—Papá… Pensé que no ibas a llegar.
Esteban la abrazó tan fuerte que casi no pudo respirar. Besó su frente, sus trenzas, sus manos pequeñas.
—Te dije que si estabas en la oscuridad, yo iba a traer la luz.
Lucía se aferró a su camisa.
—Renata dijo que no me querías porque no me parezco a ti. Dijo que yo no era tu familia.
Esteban sintió un dolor profundo, más fuerte que cualquier amenaza que hubiera enfrentado. Le tomó la cara con cuidado para que lo mirara.
—Escúchame bien, Lucía. Familia no es parecerse en la cara. Familia es quien cruza el mundo por ti. Quien se queda cuando todos se van. Tu papá Nicolás me salvó la vida, y antes de morir me dejó el regalo más grande que he recibido: tú.
La niña sollozó.