Y el estómago se le heló.
Margaret Monroe y Richard ya estaban allí, sentados como si fueran dueños de la sala, acompañados por sus abogados.
La boca de Richard se torció al verla.
“¿Qué hace ella aquí?”, se burló. “Ya nos ocupamos de ella. Recibió su compensación.”
Mendoza ni parpadeó. “Siéntese, señor Monroe. El testamento del doctor Monroe no puede leerse sin la presencia de su esposa.”
El rostro de Margaret se endureció. “Mi hijo no le habría dejado nada importante. Ella era un capricho.”
Mendoza rompió el sello de un documento grueso.
“Yo, Edward Monroe, estando en pleno uso de mis facultades mentales…”
Las primeras cláusulas eran pequeñas: objetos sentimentales, legados menores. La seguridad de Margaret regresó a su rostro como si se pusiera un abrigo.
Entonces la voz de Mendoza cambió.
“Con respecto a la residencia donde viví con mi esposa… declaro que esta propiedad fue comprada con mis fondos personales y está registrada únicamente a mi nombre. Por lo tanto, dejo la propiedad absoluta de la casa y de todo su contenido a mi esposa, Lucía Vega.”
El grito de Margaret hizo retumbar las paredes.
“¡MENTIRA! ¡Esa casa pertenece a la familia!”
“Los documentos dicen otra cosa”, respondió Mendoza con calma. “Y eso no es todo.”
Richard se puso de pie, con el rostro encendido. “Voy a impugnar esto. ¡Ella lo manipuló!”
El tono de Mendoza se afiló. “Siéntese, Richard. Aún no he terminado.”
Parte 3 — La patente que nadie conocía
Mendoza pasó otra página.