Podía haber dicho cien cosas crueles. Podía haber echado a Margaret de la misma forma en que la habían echado a ella.
Pero la voz de Edward vivía dentro de ella como una brújula:
La venganza envenena la mano que la sirve.
Lucía reunió sus documentos, miró a Mendoza y dijo en voz baja: “Asegúrese de que el juicio sea justo.”
Luego se marchó, dejando a Margaret sola con una culpa que por fin ya no tenía dónde esconderse.
Parte 5 — Cinco años después, el legado habla
Cinco años pasaron.
Donde antes se pudría un almacén abandonado, en el borde de la ciudad, ahora se alzaba un edificio moderno y luminoso de vidrio azul:
El Centro Médico Edward Monroe.
Lucía recorría sus pasillos con una bata blanca impecable, paso firme, y un gafete con su nombre: Dra. Lucía Vega.
No compró yates. No compró diamantes.
Terminó la carrera de medicina que una vez había abandonado porque la vida le exigía sobrevivir primero. Después invirtió el dinero de la patente en un hospital para las personas que todos los demás olvidaban, exactamente el tipo de trabajo en el que Edward creía.
El día en que inauguraron la ampliación de pediatría, las cámaras brillaban, los médicos se daban la mano y las familias agradecidas llenaban el vestíbulo.
Lucía estaba revisando su discurso cuando vio una figura familiar sentada apartada de la multitud.
Margaret Monroe.
Más pequeña ahora. Con el cabello completamente blanco. Vestida con sencillez. El antiguo poder había desaparecido; solo quedaban la edad y el arrepentimiento.
Lucía se acercó y se sentó a su lado.
La voz de Margaret temblaba. “Doctora Vega… no debería estar aquí.”
“Lucía”, la corrigió con suavidad. “Llámeme Lucía.”