Llanto que no se detenía

El pequeño cuerpo de Noah temblaba en mis brazos mientras lloraba, con el rostro rojo y mojado de lágrimas. Apenas podía respirar. Mi mente repetía una y otra vez el mismo pensamiento aterrador: alguien había herido a mi nieto.

El moretón era inconfundible. De un púrpura oscuro. Ligeramente hinchado. Y con una forma que me revolvía el estómago: el contorno tenue de unos dedos presionados con demasiada fuerza sobre una piel delicada.

Mis manos temblaban tanto que tuve que apoyarme en la mesa para no caerme.

“¿Quién te hizo esto?” susurré, con la voz apenas audible.

Noah volvió a gritar, más fuerte esta vez, un llanto tan desesperado que me partía el corazón.

Eso fue todo.

No pensé en nada más. Ni en abrigos. Ni en zapatos. Ni en llamar a mi hijo.

Tomé la manta más cercana, envolví a Noah con cuidado y salí corriendo de la casa.

El trayecto en coche