Llanto que no se detenía

Más tarde ese día, Daniel llamó a la pediatra.

La doctora hizo varias preguntas.

—¿Se cayó Noah?

—No.

—¿Lo vacunaron recientemente?

—No.

—¿Alguien más lo ha cuidado?

Daniel dudó antes de responder.

—“Bueno… tuvimos una niñera hace un par de días, por un par de horas.”

Megan lo miró.

—“¿La chica de la universidad?” preguntó.

Daniel asintió lentamente.

Mi estómago se retorció otra vez.

La doctora les pidió que llevaran a Noah al día siguiente, solo por precaución.

Una sospecha creciente

Esa noche, la casa se sentía diferente.

Más silenciosa.

Más pesada.

Megan se sentó en el sofá mirando a Noah como si estudiara cada movimiento.

—“No dejo de pensar en lo que dijo la doctora ayer,” susurró.

Daniel la miró.

—“¿Sobre qué?”

—“Que los bebés de la edad de Noah no se hacen moretones fácilmente.”

Nadie habló por un momento.

Luego Daniel se frotó la cara.

—“No estarás pensando que—”

—“No lo sé,” interrumpió ella rápidamente. “Pero quiero estar segura.”

Los observé cuidadosamente.

Estaban asustados.

Pero más que eso… comenzaban a cuestionar algo que antes nunca se habían cuestionado.

Y sentí la misma inquietud creciendo dentro de mí.

Porque a veces, la parte más aterradora de ser padre…

Es darse cuenta de que el peligro quizá no viene de extraños.

A veces viene de personas en las que confiabas.

La llamada que cambió todo