PARTE 1
El ambiente en aquel exclusivo restaurante de Polanco se volvió asfixiante en el segundo exacto en que Mateo le clavó los dedos en la muñeca a su esposa.
Camila apretó los dientes. El dolor era agudo y punzante, pero se tragó el grito.
La delicada piel blanca de su brazo comenzaba a marcarse de rojo bajo la presión brutal de ese hombre que, frente a todos en sus redes sociales, fingía ser el empresario más decente de la Ciudad de México.
Mateo se inclinó hacia ella, con el rostro deformado por la rabia, y le escupió al oído una amenaza que le heló la sangre:
—Llegando a la casa, te juro que te parto la madre.
No conforme con las palabras, cerró el puño y lo levantó directo a la altura del rostro de Camila.
A su lado, la pequeña Mía, de apenas 6 añitos, rompió en llanto al ver la violencia de su padre.
La niña temblaba como una hoja mientras se aferraba con desesperación al suéter de su mamá.
—Papi, no… por favor, no le pegues —suplicó la pequeña con una vocecita rota.
Pero Mateo no tenía corazón.
Todo este infierno había estallado apenas 10 minutos antes.
Camila había llegado al restaurante engañada. Mateo le había mandado un mensaje en la mañana: “Ponte guapa, hoy tenemos una cena familiar importante para celebrar mi ascenso”.
Pero la neta es que, al entrar, la famosa “cena familiar” era él, en una mesa del fondo, dándole de comer en la boca a una tipa con un vestido entallado y joyas carísimas.
En pleno restaurante, la mano de Mateo descansaba descaradamente sobre el muslo de la amante, mientras ambos reían.
Cuando Camila se plantó frente a la mesa con su niña de la mano, Mateo no sintió vergüenza. Sintió puro coraje.
Se levantó de golpe, tirando casi la silla, y le gritó como si ella fuera la gran culpable de arruinarle el teatrito.
—¿Quién chingados te dijo que vinieras a molestar? —le soltó, con los ojos inyectados en sangre.
La amante se acomodó el cabello, fingiendo inocencia con voz de fresa:
—Ay, Mateo, tu esposa está armando un pancho por nada. Yo solo soy tu socia…
Camila la fulminó con la mirada.
—¿Qué clase de socia se le sienta en las piernas al marido de otra mujer?
Fue entonces cuando Mateo estalló, la jaló con violencia y levantó el puño contra ella y contra su hija.
—Cállense de una vez. Llegando a la casa me van a conocer. De esta no se salvan, ni tú ni la niña.
Camila sintió ese pánico asfixiante. Llevaba 2 largos años soportando sus empujones, su control enfermo, callando para no hacer escándalo.
La amante sonreía de lado, segura de que Camila volvería a ser la esposa sumisa de siempre.
Pero esta vez, justo cuando Mateo iba a jalarla de nuevo, una voz masculina, ronca y pesada como el plomo, cortó el aire a sus espaldas.
—Suelta a mi hija en este maldito instante.
Camila se quedó de piedra al reconocer esa voz.
Nadie en el restaurante se atrevió a respirar, y la tensión dejaba claro que una verdadera tragedia estaba a punto de desatarse.
PARTE 2
Mateo se congeló de inmediato. El puño que tenía levantado empezó a temblar.
Al girar la cabeza, la poca sangre que le quedaba en el rostro se le fue a los pies.
Justo en la mesa de atrás, ocultos hasta ese momento por una maceta y un biombo de madera, estaban Don Roberto y Leo.
El padre y el hermano mayor de Camila.
Don Roberto, a sus 62 años, era 1 de los empresarios constructores más pesados de Jalisco y la Ciudad de México. Su mirada era puro fuego.
A su lado, Leo, un hombre altísimo que manejaba la seguridad privada de los negocios familiares, ya se había quitado el saco.
Leo no dijo ni media palabra de advertencia. Solo dio 3 pasos rápidos, agarró a Mateo por el cuello de la costosa camisa y lo estampó con fuerza brutal contra la mesa, tirando copas, platos y 1 botella de vino.
La amante pegó un grito estridente y se hizo hacia atrás.
—¿Qué le ibas a hacer a mi hermana, cabrón? —rugió Leo, con las venas del cuello marcadas y el puño listo para reventarle la cara—. ¡Te pregunto qué le ibas a hacer a la niña!