PARTE 1
“En cuanto tu papá me suelte los diez millones de pesos, dejo a Valeria y me voy contigo”, dijo mi esposo sin saber que la llamada conmigo seguía abierta.
Yo estaba en la cocina de nuestra casa en Querétaro, guardando unas bolsas del súper, todavía con el mandil puesto, cuando mi celular vibró sobre la barra. En la pantalla apareció el nombre de Diego, el hombre con el que llevaba ocho años casada. Contesté de inmediato, pero nadie respondió.
Al principio pensé que se le había marcado por accidente. Se escuchaba ruido de calle, un claxon lejano, pasos, y estaba a punto de colgar cuando oí una risa que me congeló la sangre.
Era Marisol.
Mi mejor amiga desde la universidad. La mujer que me abrazó cuando murió mi mamá. La que me ayudó a escoger mi vestido de novia. La que me decía “hermana” cada vez que venía a mi casa a tomar café y hablar de la vida.
Entonces escuché la voz de Diego, baja, segura, como cuando quería impresionar a alguien.
“Don Ernesto ya está listo para firmar. Me tiene más confianza a mí que a sus propios abogados”, dijo con una arrogancia que jamás le había escuchado. “Cuando entre el dinero a la inversión, tendré el control temporal por noventa días. Con eso nos alcanza para desaparecer tranquilos”.
Sentí que el aire se me iba.
Marisol soltó una risita nerviosa.
“¿Y Valeria?”, preguntó, como si hablara de una vecina incómoda.
“Valeria no va a entender nada”, respondió él. “Le diré que nuestro matrimonio se enfrió, que necesito espacio. Es buena mujer, pero es demasiado ingenua. Nunca ha sabido defenderse”.
La lata de chiles que tenía en la mano cayó al piso y rodó hasta la mesa. No me agaché. No podía moverme.
Marisol bajó la voz.