“Más te vale cumplir, Diego. Yo ya no puedo seguir escondiendo esto. Y menos ahora, con lo que viene”.
Diego suspiró.
“Lo sé, mi amor. Con el bebé en camino ya no podemos esperar”.
El mundo se me apagó.
Marisol estaba embarazada de mi esposo. La misma Marisol que dos semanas antes había comido en mi casa, me había tomado la mano y me había preguntado si Diego y yo seguíamos intentando tener hijos.
“No tardes tanto, Vale”, me dijo ese día. “Tú naciste para ser mamá”.
Me sostuve de la barra porque las piernas me temblaban. Diego siguió hablando como si estuviera planeando unas vacaciones.
“Nos vamos a Monterrey o a Mérida unos meses. Compramos una casa a otro nombre y, cuando el divorcio salga, movemos todo”.
“¿Y si tu suegro sospecha?”, preguntó ella.
Diego se rio.
“Don Ernesto ya está viejo. Después del infarto se volvió sentimental. Cree que soy el hijo que nunca tuvo. Va a firmar lo que yo le ponga enfrente”.
Ahí algo dentro de mí cambió. Mi papá no era un viejo tonto. Había construido su empresa de construcción desde cero, con una camioneta vieja y jornadas de sol a sol. Sobrevivió a socios traicioneros, a deudas, a la muerte de mi mamá. Y Diego creía que podía usarlo como banco.
No colgué. Escuché cada palabra.
Habló de unos papeles que quería que yo firmara el lunes en una notaría de Polanco. Según él, me diría que era “por tranquilidad familiar”. En realidad, mi firma le daría control temporal sobre parte del fideicomiso que mi mamá me dejó.
Cuando la llamada terminó, el silencio de la cocina se volvió pesado. Recogí la lata del piso y vi mi reflejo deformado en el metal.
Después marqué a mi papá.
“¿Qué pasó, hija?”, contestó con esa voz tranquila que siempre me hacía sentir segura.
Respiré hondo.
“Papá, necesito que me ayudes a destruir a Diego”.
Hubo un silencio largo.
“Mándame todo lo que tengas”, dijo al fin. “Y no le digas nada todavía”.
Esa noche Diego llegó con flores, me besó la frente y me llamó “mi amor” como si no acabara de enterrarme viva.
Pero lo peor no era lo que había escuchado.
Lo peor era lo que todavía faltaba descubrir.
PARTE 2
Diego llegó con un ramo de girasoles, mis favoritos, y una sonrisa tan falsa que me dieron ganas de aventarle el florero.
“Perdón por llegar tarde, amor. Tuve muchísimo trabajo”, dijo, mientras dejaba las flores sobre la mesa.
Yo ya tenía servida una sopa de fideo, su favorita. Odié saber todavía esos detalles de él. Odié que mi cuerpo recordara cómo cuidarlo mientras mi mente ya sabía que era un traidor.
“¿Todo bien con mi papá y la inversión?”, pregunté, fingiendo calma.
Diego se sentó frente a mí y tomó la cuchara.
“Perfecto. Don Ernesto está emocionado. Esto va a cambiar la vida de todos”.
En mi regazo, donde él no podía ver, mi celular vibró.
Era mi papá.
“No firmes nada. Ya hablé con Roberto. Esto no es solo una infidelidad. Es fraude.”
Más tarde, cuando Diego se quedó dormido, entré a su oficina. Siempre se creyó intocable, así que nunca cambió sus claves. Tomé su mano mientras roncaba y puse su dedo en el lector de la laptop.
Lo que encontré me dejó helada.