Había carpetas con nombres como “Salida limpia”, “Control temporal” y “Divorcio”. Tenía correos con supuestos inversionistas que no existían. Había documentos donde planeaba mover dinero de la empresa de mi padre a cuentas puente.
Pero lo más cruel estaba en una carpeta escondida.
Recibos médicos. Citas prenatales. Ultrasonidos.
Todo a nombre de Marisol.
Y todos los pagos hechos con una tarjeta corporativa ligada a una de las empresas secundarias de mi papá.
Diego no solo me engañaba. No solo pensaba robarse el dinero de mi familia. También estaba pagando el embarazo de su amante con recursos de mi padre.
Tuve que encerrarme en el baño de visitas para vomitar sin despertarlo.
A la mañana siguiente, mi papá me pidió verme en su oficina. Cuando entré, no me dijo nada. Solo me abrazó como cuando era niña.
“Perdóname, Vale”, murmuró.
“¿Por qué tú?”, pregunté llorando. “Tú no hiciste nada”.
“Porque yo metí a esa víbora a nuestra mesa”, respondió.
Roberto, el abogado de la familia, nos explicó que Diego ya había usado el apellido de mi papá para cerrar tratos falsos. Había prometido dinero que aún no controlaba y había falsificado autorizaciones preliminares.
“¿Puede acabar en la cárcel?”, pregunté.
Roberto asintió.
“Si confirmamos los movimientos, sí. Pero necesitamos que llegue el lunes creyendo que todavía tiene ventaja”.
Esa tarde recibí un mensaje de Marisol.
“Amiga, te he sentido rara. ¿Café mañana?”
Miré la pantalla hasta que las letras se me hicieron borrosas.
“Claro”, respondí.
Nos vimos en una cafetería de la Roma Norte. Marisol llegó con un vestido flojo y una bolsa enorme cubriéndole el abdomen. Me abrazó demasiado fuerte.
“Te extrañaba”, dijo.
Durante veinte minutos habló de tonterías. Series, trabajo, tráfico. Luego, sin darse cuenta, puso una mano sobre su vientre. Mi mirada bajó directo ahí.
Ella retiró la mano como si se hubiera quemado.
“¿Te sientes mal?”, pregunté.
Se puso pálida.
“No, solo creo que me cayó pesado el desayuno”.
Esa mentira dolió más que todo lo demás.
Cuando salimos, fingí caminar hacia mi coche, pero me quedé detrás de un árbol. Marisol dobló la esquina y se subió al auto de Diego. Él ni siquiera esperó a que yo me fuera.
Les tomé una foto y se la mandé a mi papá.
El lunes llegó lento, como una tragedia anunciada.
Diego se puso su traje azul más caro, se echó demasiado perfume y me besó la mejilla.
“Hoy nos cambia la vida, Vale”.
“Sí”, respondí. “Estoy segura de que después de hoy nada será igual”.
Él sonrió porque no entendió.
Una hora después, mi papá me mandó un mensaje.
“Ya está en la sala de juntas. Entra cuando escuches la grabación.”
Yo estaba detrás de un vidrio oscuro, mirando a mi esposo sentarse frente a abogados y auditores, todavía convencido de que iba a ganar.
Entonces mi papá puso una carpeta gruesa sobre la mesa.
Y Diego dejó de sonreír.