Mi esposo me llamó por accidente mientras yo preparaba la cena y confesó que planeaba robar diez millones, dejarme por mi mejor amiga embarazada, y se burló de mí diciendo: “Ella no sabe cómo defenderse.”

PARTE 3

“Diego, no viniste por diez millones de pesos”, dijo mi papá con una calma que daba miedo. “Viniste a explicar por qué intentaste manipular un fideicomiso y robarle a mi empresa.”

Diego soltó una risa nerviosa.

“Don Ernesto, creo que hay un malentendido enorme con los papeles”.

Mi papá deslizó un documento sobre la mesa.

“Hay cosas confusas en la vida, pero una firma falsificada no es una de ellas”.

Diego miró a los abogados. Luego a los auditores. Por primera vez, entendió que no había salida.

Roberto habló de las transferencias sospechosas, de los inversionistas falsos y de los pagos a una clínica privada de Santa Fe.

“La clínica prenatal”, dijo con voz seca.

Diego se puso blanco.

Entonces mi papá presionó su celular y la grabación comenzó a escucharse en toda la sala.

“En cuanto tu papá me suelte los diez millones de pesos, dejo a Valeria…”

Después vino la risa de Marisol. Luego la palabra bebé.

Entré en ese momento.

Diego se levantó tan rápido que la silla raspó el piso.

“Valeria, déjame explicarte”.

Lo miré. No parecía arrepentido. Parecía asustado.

“¿Cuánto tiempo llevas metiéndote con mi mejor amiga mientras dormías en mi cama?”, pregunté.

Abrió la boca, pero no salió nada.

“Fue un error”, alcanzó a decir.

Me reí sin ganas.

“Olvidar comprar tortillas es un error. Lo tuyo fue un plan.”

Mi papá se puso de pie.

“Desde este momento, todo tu acceso queda cancelado. Hoy se presentan demandas civiles y los auditores entregarán el expediente para cargos penales.”

Diego empezó a suplicar.

“Don Ernesto, usted sabe que yo amo a su hija”.

Di un paso hacia él.

“No, Diego. Tú amabas mi apellido. Amabas el dinero. Querías todo lo que era mío, menos a mí.”

Seguridad lo escoltó fuera del edificio. Su celular no dejaba de sonar. Seguramente era Marisol preguntando por el dinero.

Esa misma tarde, mi papá fue conmigo a la casa acompañado de abogados. Cambiaron las cerraduras. Diego solo podría entrar con autorización legal para recoger sus cosas.

Diez años de matrimonio terminaron en cajas negras de cartón.

Pero todavía faltaba Marisol.

La cité al día siguiente en mi sala. Llegó llorando, con las manos sobre el vientre.

“Vale, yo te lo iba a contar”, sollozó.