—Claro, mi rey. Vine a salvarte de este desayuno tan triste.
Doña Teresa sacó de sus bolsas pollo deshebrado, salsa, crema, queso, pan dulce y un topper con frijoles hechos por ella. Quitó mis platos y los arrinconó como si fueran basura.
Andrés se sentó a comer lo que ella sirvió.
—Así sí sabe a comida —dijo con la boca llena—. Camila, deberías aprenderle a mi mamá.
Me quedé helada, con las manos apretadas bajo la mesa.
Entonces doña Teresa sacó una hoja doblada y me la puso enfrente.
—Estas son las reglas para que este matrimonio funcione.
La abrí. Decía que debía levantarme a las cinco y media diario, lavar a mano las camisas de Andrés, visitar a sus padres todos los domingos, pedir permiso antes de comprar algo caro y nunca contestarle a mi suegra.
—Esto no lo voy a seguir —dije.
La sonrisa de doña Teresa desapareció.
—¿Perdón?
—No soy empleada de nadie.
Andrés dejó el tenedor.
—Camila, no empieces.
Doña Teresa tomó el plato de chilaquiles hirviendo que acababa de servirse. Su muñeca se movió rápido, demasiado preciso para ser accidente. La salsa caliente cayó directo sobre mis muslos.
Grité. La piel me ardió como si me hubieran pegado un comal encendido.
—¡Mira nada más qué torpe! —dijo ella—. Casi me quemas.
—Usted lo hizo a propósito —susurré, temblando.
Andrés se levantó. Pensé que iba a ayudarme.
Pero me dio una bofetada tan fuerte que sentí sangre en la boca.
—Pídele perdón a mi mamá —ordenó—. Ahora mismo.
Y mientras mi pierna se llenaba de ampollas, entendí que lo peor todavía no había empezado…
PARTE 2
Me quedé mirando a Andrés con la mejilla ardiendo y la boca llena de sangre. La mano con la que me había pegado seguía levantada, como si todavía estuviera orgulloso de lo que acababa de hacer.
Doña Teresa cruzó los brazos.
—Así se corrige a una mujer respondona.
Algo dentro de mí se rompió. O quizá, por primera vez, algo dentro de mí despertó.
Tomé mi celular de la mesa.
—¿Qué haces? —preguntó Andrés.
Marqué al 911.
—Quiero reportar una agresión y una entrada sin autorización a mi domicilio —dije, mirando a los dos—. Sí, mi esposo me golpeó y mi suegra me quemó con comida caliente.
Doña Teresa palideció.
—¡Estás loca! ¡Esta es la casa de mi hijo!
—No —respondí—. Es mi casa.
Mientras esperaba a la policía, me metí al baño y puse agua fría sobre la quemadura. Las ampollas ya se estaban formando. Me vi en el espejo: tres días de casada, despeinada, con la mejilla hinchada y la piel roja. Me dio vergüenza haber aguantado tantas señales antes de llegar ahí.
Andrés tocó la puerta.
—Camila, abre. Ya me calmé. No hagas esto grande.
No contesté.