PARTE 1
“¡Tu hija no tiene cáncer, señor! ¡La vieja que se quiere casar con usted la está matando!”
El grito partió en dos la tarde en Chapultepec.
Alejandro Salazar se detuvo en seco con las manos aferradas al manubrio de la silla de ruedas. Frente a él, en medio del sendero cubierto de hojas secas, estaba un niño de no más de doce años, flaco, con la sudadera rota, los tenis abiertos de la punta y una mirada tan desesperada que helaba la sangre.
En la silla iba Sofía, la única hija de Alejandro.
Tenía diecisiete años y hacía apenas medio año era otra persona. Antes llenaba la casa con música, se tomaba selfies a cada rato y se peleaba con su papá porque quería estudiar cine y no administración. Ahora parecía una sombra: la piel amarillenta, los brazos delgados, los ojos hundidos. Lo que más le rompía el alma a Alejandro era verla sin su cabello. Su melena negra, larga, brillante, de la que siempre se sentía orgullosa, había desaparecido. Bajo un gorrito de lana apenas se adivinaba su cabeza rapada, y una bolsa de suero colgaba al costado de la silla.
“Ya casi llegamos, mi amor”, murmuró Alejandro con la voz quebrada. “El doctor dijo que este tratamiento nuevo sí te va a ayudar.”
Sofía no respondió. Tenía la vista perdida.
Entonces apareció ese niño.
“¿Qué dijiste?”, preguntó Alejandro, sintiendo que algo se le encogía en el pecho.
“Que ella no está enferma”, repitió el niño, señalando con el dedo tembloroso hacia atrás. “Su prometida le cortó el pelo. Yo la vi. Yo vi lo que le hizo.”
Por primera vez en semanas, Sofía levantó apenas el rostro. Sus labios se separaron como si quisiera decir algo, pero sólo salió una respiración débil.
“Estás loco”, soltó Alejandro, aunque ni él mismo sonó convencido.
“Me llamo Mateo. Duermo a veces por la parte de atrás de su casa, por la callecita de servicio. Su hija me daba comida cuando salía con la señora que la cuidaba. Una noche vi a esa mujer meterla a la fuerza. Sofía estaba mareada. La sentó y le pasó una máquina por la cabeza. Después habló con un doctor por teléfono. Dijo que le pagaría más, pero que se callara.”
Antes de que Alejandro pudiera reaccionar, el sonido de unos tacones se acercó rápido.
“Amor, no le hagas caso”, dijo Verónica de la Torre con esa voz dulce que siempre usaba frente a él. Venía impecable, como salida de revista: vestido claro, bolsa cara, perfume elegante. “Es un niño de la calle. Seguro quiere dinero. Míralo.”
Mateo no se movió.
“¡No estoy mintiendo! ¡Sofía me daba tortas y agua! ¡No la voy a dejar morir!”
Verónica apretó la mandíbula un segundo, pero recuperó la sonrisa. “Pobrecito, ya hasta inventa historias.”
Sofía cerró los ojos y susurró apenas:
“Papá… yo… recuerdo algo… de noche…”
Verónica se inclinó de inmediato. “No digas eso, reina. Estás confundida por los medicamentos.”
Mateo dio un paso al frente.
“¿Cuáles medicamentos? ¿Los del doctor falso? Porque yo escuché cuando usted dijo que ese señor sólo servía mientras mantuviera al ingeniero asustado.”
Alejandro sintió que el piso desaparecía bajo sus pies.
Todo el tratamiento, todas las citas, todos los cambios, incluso el médico “de confianza”, habían sido idea de Verónica. Ella insistía en acompañar a Sofía, en controlar las dosis, en contestar por ella cuando estaba demasiado débil para hablar.
Alejandro volteó a verla despacio.
Por una fracción de segundo, la cara perfecta de Verónica se quebró.
Mateo tragó saliva y dijo en voz baja, pero firme:
“Si no me cree, yo sé dónde esconde todo. Se lo puedo enseñar ahorita mismo.”
Alejandro miró a su hija, luego a su prometida, y comprendió que lo peor ni siquiera había empezado.
PARTE 2
El trayecto de regreso a Lomas de Chapultepec fue un infierno silencioso.
Alejandro manejó sin poner música, sin prender la radio, sin responder las llamadas del supuesto oncólogo que insistía desde hacía semanas en cambiar el tratamiento de Sofía. En el asiento de atrás iban su hija y Mateo. Sofía temblaba con la cobija sobre las piernas. Mateo no apartaba la vista de Verónica, que iba a su lado como si siguiera creyendo que todavía podía controlar la situación.
“Apenas lleguemos, esto se aclara”, dijo ella por fin, con una calma demasiado ensayada. “Y más te vale, niño, pedir perdón.”
Mateo no contestó.
Al entrar a la casa, Sofía murmuró que quería ir a su cuarto, pero Alejandro negó con la cabeza.
“No. Hoy nadie se separa de nadie.”
Subieron los cuatro al estudio privado de Verónica. Era la única habitación donde ella no dejaba entrar al servicio. Siempre decía que guardaba papeles delicados de una fundación y documentos personales de su difunto padre. Al fondo había un mueble angosto, de madera oscura, con llave.
Mateo lo señaló sin titubear.
“Ahí.”
Verónica soltó una risa seca. “¿De verdad vas a hacerle caso a este escuincle?”
“Dame la llave”, ordenó Alejandro.
“No la traigo.”
“Verónica.”
“La perdí hace semanas.”
Alejandro ya no discutió. Tomó una figura de bronce del escritorio y reventó la cerradura de un golpe.
La puerta se abrió.
No había documentos.
Había cajas de jeringas. Frascos sin etiqueta. Pastillas trituradas dentro de sobres pequeños. Guantes. Gasas. Y al fondo, una bolsa de plástico transparente.
Sofía la vio primero.
Dentro estaba su cabello.
Negro. Largo. Amarrado aún con la liga beige que usaba casi todos los días.
El grito que salió de ella no parecía humano.
“No… no… tú me dijiste que se me había caído por la quimio…” balbuceó llevándose las manos a la cabeza. “Tú me abrazaste mientras lloraba…”
Verónica dejó de fingir.
Su expresión cambió por completo. Se volvió fría, hueca, sin una sola gota de ternura.
“Ya supéralo”, soltó con fastidio. “Iba a crecerte otra vez.”
Alejandro retrocedió como si hubiera recibido un golpe.
“¿Qué le diste?”, preguntó con la voz ronca.
Verónica levantó los hombros. “Lo suficiente para debilitarla. No para matarla rápido. Eso habría levantado sospechas. La idea era hacerla ver grave, dependiente, frágil.”
Sofía empezó a llorar sin ruido.