—Me enseñaron a reconocer a los cobardes incluso cuando usan traje caro.
El rostro de Mateo cambió apenas un segundo, pero enseguida volvió a fingir dolor.
—Mamá, no quiero problemas en mi cumpleaños.
Ernesto Montenegro golpeó la mesa con fuerza.
—Diego, basta. Si vienes a humillar a tu hermano, lárgate.
Diego soltó una risa corta.
—Eso vine a hacer. A irme.
Sacó un papel doblado de su bolsillo y lo puso sobre la mesa.
—Desde hoy renuncio a cualquier vínculo con la familia Montenegro. No quiero su apellido, su dinero ni sus disculpas tardías.
Carmen palideció.
—No digas tonterías. Eres nuestro hijo.
—¿Saben cuándo es mi cumpleaños? —preguntó él.
Nadie respondió.
Mateo bajó la mirada para ocultar una sonrisa.
—Es hoy —dijo Diego—. El mismo día que el de Mateo. Durante tres años celebraron frente a mí y nunca lo notaron.
Algunos invitados comenzaron a murmurar. Ernesto, sintiéndose expuesto, perdió el control.
—Si quieres irte de esta casa, te irás como corresponde. Sesenta golpes según las reglas familiares. Después, si puedes caminar, sal por esa puerta y no regreses jamás.
Valeria dio un paso adelante, pero no para defenderlo.
—Pídele perdón a papá. No hagas un espectáculo.
Diego se quitó lentamente el saco gastado.
—Empiecen.
Cada golpe cayó sobre su espalda como una confirmación. Uno por cada cena donde lo sentaron al final. Uno por cada regalo que nunca recibió. Uno por cada vez que Mateo mintió y todos eligieron creerle. Diego no gritó. No pidió clemencia. Solo apretó los dientes y pensó en Aurora y Julián Salazar esperándolo, en esa casa donde sí lo llamaban hijo.
Cuando llegó el golpe número cuarenta, la puerta principal se abrió.
Un hombre de cabello canoso, traje oscuro y mirada imponente entró acompañado de una mujer elegante y una joven de porte firme. Detrás de ellos, asistentes cargaban cajas, documentos, llaves y estuches de lujo.
—¡Basta! —tronó Julián Salazar.
El salón quedó congelado.
Ernesto Montenegro se puso de pie, confundido.
—Don Julián… qué honor recibirlo. Pensamos que venía por Mateo. Él ha sido un joven excepcional y—
—Vine por mi hijo —lo interrumpió Julián.
Aurora corrió hacia Diego, se arrodilló a su lado y le tocó el rostro con manos temblorosas.
—Mi niño… ¿qué te hicieron?
Mateo abrió los ojos, aterrorizado.
—¿Su hijo?
La hija mayor de los Salazar, Isabel, miró a todos con desprecio.
—Durante tres años enviamos regalos a esta casa por el cumpleaños de Diego. Propiedades, acciones, cuentas, cartas. Ustedes se los entregaron al impostor.
Un murmullo recorrió la sala.
Aurora ayudó a Diego a ponerse de pie.
—Diego no necesita el apellido Montenegro. Tiene el nuestro. Y desde esta noche, todo México sabrá quién es el verdadero heredero de los Salazar.
Ernesto intentó acercarse.