PARTE 1
Ofelia Morales jamás pensó que terminaría en 1 cuarto barato de 1 hotel de paso a las afueras de Puebla. A sus 65 años, no buscaba amor, ni promesas falsas, ni 1 marido nuevo.
Llevaba 3 años de viuda y tenía 1 hija que solo le marcaba al celular para pedirle lana, firmas o favores. Ofelia solo quería sentirse viva por 1 noche. Quería dejar de ser invisible.
Durante 37 años fue la esposa abnegada de Efraín Rivas, 1 hombre intachable en la colonia, persignado en misa, pero un témpano de hielo en la casa. Cuando él murió, las vecinas le decían: “Ya descansó, Ofelita, usted cumplió al 100”.
Pero nadie le preguntó a Ofelia si ella también se había muerto 1 poco con él. La neta es que 1 mujer no se queda viuda en el panteón, se queda viuda cuando en su casa la cama se vuelve 1 trámite y todos la ven como 1 mueble viejo.
Fue su comadre Berta quien la sacó del hoyo. Llegó 1 viernes con 1 bolsa de pan de dulce, 2 labiales y la necedad a tope. “Ya estuvo suave, Ofelia. Te me arreglas porque nos vamos a echar desmadre al salón de baile”, le dijo.
Ofelia se negó, diciendo que a su edad ya no estaba para hacer el ridículo. Berta le contestó con 1 verdad que le partió el alma: “Ridículo es que sigas vestida como si Efraín te hubiera dejado de veladora en su tumba”.
Esa noche, Ofelia se puso 1 blusa color vino, se soltó el pelo y se colgó 1 par de aretes de oro viejo con 1 piedra verde, un regalo que su madre le dio cuando cumplió 20 años. Al mirarse al espejo, vio a 1 mujer cansada, pero viva.
El salón estaba por el centro de Puebla. Olía a perfume barato, a sudor y a cumbias viejas. Ofelia no esperaba nada, hasta que vio a Arturo. Estaba recargado en 1 pilar, de traje oscuro, con 1 elegancia triste y el pelo platinado.
Él no la miró con morbo ni con lástima. La miró como si de verdad ella existiera. Bailaron 4 piezas seguidas. Platicaron de tonterías, del frío poblano, de los hijos que se van. Él dijo llamarse Arturo Serrano y confesó tener 62 años.
Salieron del salón, tomaron 1 brandy cerca del Zócalo y, cuando él le rozó la mano, ella no se quitó. A los 65 años el cuerpo también tiene hambre de piel, de 1 abrazo cabrón, de calor humano.
Así terminaron en ese hotel de paso, con 1 recepcionista que ni los volteó a ver y 1 llave con el número 8 en 1 plástico rojo. No fue tierno, fue urgente y hasta torpe, pero fue real. Ofelia durmió con el pecho liviano por primera vez en décadas.
Pero al amanecer, el encanto se hizo pedazos. Ofelia abrió los ojos y vio a Arturo sentado al borde de la cama, de espaldas, temblando. Lloraba como un niño chiquito.
Ofelia se jaló la sábana al pecho y se incorporó despacio. “¿Qué chingados haces con eso?”, le soltó, con la sangre helada. Arturo volteó, con la cara descompuesta y los ojos rojos.