PARTE 1
—Esa bicicleta no es para una niña. Dásela a tu sobrino, que él sí va a cargar el apellido de la familia.
La voz de mi suegra, doña Carmen, cayó sobre el patio como una cubeta de agua helada. Todos dejaron de hablar. Hasta la música de fondo, una cumbia vieja que sonaba desde una bocina, pareció hacerse más bajita.
Mi hija Sofía estaba parada junto a mí, con su vestido blanco de flores rojas y las trenzas recién hechas. Tenía las dos manitas apretadas sobre el manubrio de su bicicleta nueva, una bicicleta roja con una canastita al frente y una campanita plateada que ella no dejaba de tocar desde que se la había dado.
—No, abuelita… es mía —dijo apenas, con una voz tan chiquita que me rompió por dentro.
Yo me puse delante de ella.
—Doña Carmen, suelte la bicicleta. Es el regalo de cumpleaños de mi hija.
Pero ella no soltó nada. Al contrario, jaló el manubrio hacia donde estaba Diego, el hijo de mi cuñado. Diego tenía ocho años y miraba la bici como si ya fuera suya, porque en esa casa siempre le habían enseñado que todo lo mejor debía terminar en sus manos.
—No seas ridícula, Lucía —me dijo mi suegra, mirándome de arriba abajo—. Tu niña puede jugar con muñecas. La bicicleta le queda mejor a un varón.
Yo sentí la sangre subir hasta mi cara.
Esa bicicleta no era cualquier regalo. Durante meses había guardado moneda por moneda para comprarla. Me iba caminando al trabajo para no gastar en camión. Dejaba de comprarme café. Separaba los cambios del mercado, las monedas de cinco y diez pesos, las que encontraba en los bolsillos de los pantalones. Las metía en un frasco de mayonesa lavado, escondido detrás de las ollas.
Cada noche, cuando Sofía dormía, yo lo sacaba y contaba el dinero en silencio. No era sólo una bicicleta. Era la promesa que le había hecho a mi hija cuando la vi mirar a otros niños andar por la calle, libres, felices, sin que nadie les dijera que por ser niñas debían conformarse.
—Mami, algún día quiero una roja —me dijo una tarde, pegada a la reja de la vecindad—. Pero si no puedes, no pasa nada.
Ese “no pasa nada” me dolió más que si hubiera llorado.
Por eso busqué en talleres, pregunté en tianguis, revisé publicaciones hasta que encontré una bicicleta usada pero hermosa. Don Julián, el mecánico de la colonia, la ajustó, le cambió los frenos y le puso una campanita nueva.
—Se va a volver loca tu niña —me dijo.
Y sí. Cuando Sofía la vio esa mañana, gritó tan fuerte que los vecinos salieron a asomarse. Me abrazó llorando y me dijo:
—Es el mejor día de mi vida, mami.
Pero ese “mejor día” se estaba convirtiendo en una humillación frente a toda la familia.
Mi esposo, Andrés, estaba sentado junto a su hermano, con una cerveza en la mano. Yo lo miré esperando que se levantara, que defendiera a su hija, que dijera algo. Pero sólo bajó la mirada.
—Andrés —le exigí—, dile a tu mamá que la suelte.
Él tragó saliva.
—Lucía, no hagas un show. Es una bici nada más.
Sofía me apretó la falda.
Doña Carmen sonrió, como si ya hubiera ganado.
—Mira, qué fácil. Hasta tu marido entiende. Diego es hombre. Él necesita aprender a moverse, a ser fuerte. Tu hija debe aprender a compartir.
—Compartir no es dejarse robar —le respondí.
Entonces mi suegra jaló con más fuerza. Sofía perdió el equilibrio y cayó de rodillas sobre el piso del patio. La campanita sonó una sola vez, triste, como si también se hubiera asustado.
Nadie se movió.