Luis García despertó con el olor de las flores metido
No abrió los ojos de inmediato. No porque no quisiera, sino porque no pudo. Sus párpados parecían sellados con una pesadez extraña, como si alguien hubiera derramado plomo sobre su cara. Tampoco pudo mover las manos. Ni los pies. Ni siquiera la lengua. Lo único que le quedaba era la conciencia, una conciencia atrapada en un cuerpo que ya no le obedecía.
Al principio pensó que estaba soñando.
Pero entonces escuchó los rezos.
Voces apagadas, pasos lentos, llantos que se contenían por educación y ese murmullo incómodo de la gente que no sabe qué decir frente a la muerte. Alguien sollozó cerca de él. Otra persona dijo:
—Pobre Luis, tan joven todavía.
Luis quiso gritar.
Estoy vivo.
Pero de su boca no salió nada.
La oscuridad era absoluta, pegajosa, cerrada. Olía a madera fina, a barniz nuevo, a satén, a rosas blancas y claveles. Cuando su mente juntó esas piezas, un terror helado le recorrió el alma.
No estaba en una cama.
No estaba en un hospital.
Estaba dentro de un ataúd.
Y el funeral era suyo.
La última imagen clara que recordaba era la de Ana, su esposa, entrando al balcón de su casa en Polanco con una taza de café entre las manos. La noche anterior, la Ciudad de México brillaba húmeda por la lluvia reciente, y desde el balcón se escuchaba el rugido lejano del Periférico.
—Tómate esto, mi amor —le había dicho ella con una ternura que ahora, en la memoria, sonaba ensayada—. Te va a hacer bien para el corazón.
Luis había sonreído con cansancio. Llevaba semanas sintiéndose débil. Mareos, manos temblorosas, opresión en el pecho. Ana decía que era estrés. Javier Ortiz, su fisioterapeuta, decía lo mismo. El doctor Morales había hablado de un corazón cansado, de un cuadro delicado, de reposo absoluto.
El café tenía miel, canela y un sabor amargo escondido debajo de todo.
Después vino el mareo.
Después la cama.
Después nada.
Hasta ese momento.
Luis sintió que su mente se partía en dos: una parte quería volverse loca, arañar la tapa, patear, romper la madera a golpes; la otra, más fría, entendió que su cuerpo no podía hacer nada. Estaba vivo, sí, pero para el mundo ya era un cadáver.
Entonces oyó la voz de Ana.
Estaba muy cerca. Tan cerca que Luis sintió el roce de su perfume atravesando la madera. Era el mismo perfume dulce que ella usaba en aniversarios, cenas de negocios y fotografías familiares.
Pero su voz ya no tenía dolor.
—Por fin nos deshicimos de él —susurró.
Luis sintió que el miedo se convertía en hielo.
Una voz masculina respondió, baja y satisfecha:
—Te dije que funcionaría. La sustancia era perfecta. Ni el doctor Morales sospechó.
Javier.
Luis no necesitó verlos para imaginar la escena. Ana, vestida de negro, fingiendo dolor frente a todos. Javier, el fisioterapeuta amable, el amigo que le llevaba ejercicios para la espalda, el hombre que decía preocuparse por su salud.
—Ahora todo será nuestro —dijo Ana—. La casa, las inversiones, los terrenos de Michoacán… todo.
Javier soltó una risita corta.
—Solo hay que aguantar unas horas más. A las seis lo creman. Después de eso, no habrá cuerpo, no habrá pruebas, no habrá nada.
Cremación.
Esa palabra hizo que Luis sintiera, por primera vez, que la muerte respiraba encima de él.
No querían enterrarlo.
Querían borrarlo.
Durante unos segundos, Luis dejó de pensar. Si hubiera podido llorar, habría llorado. Si hubiera podido rezar, habría gritado el nombre de Dios hasta romperse la garganta. Pero solo pudo escuchar.
Y escuchar se convirtió en su única arma.
El velorio continuó. La capilla funeraria, en una zona elegante del centro de la ciudad, se llenó de familiares, conocidos y empleados de su empresa. Luis oyó pasos acercarse, manos tocar el borde del ataúd, voces que se despedían de él como si estuviera en otro mundo.
—Fuiste un buen patrón, don Luis.
—Descansa en paz, hijo.
—Qué tragedia tan repentina.
Cada palabra era un clavo.
Ana lloraba cuando alguien la abrazaba. Su llanto sonaba perfecto: ni demasiado fuerte ni demasiado débil. El tipo de llanto que convence a la gente decente. Pero Luis, desde su cárcel de madera, ya conocía la verdad. Esa mujer que había jurado amarlo ante un altar había preparado su muerte con una paciencia monstruosa.
Cerca del mediodía escuchó otra voz.